¿La historia se repite?

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 05-10-2019

Muchos han sido los estudiosos de la Historia y los analistas en diversas disciplinas -sin contar a los miles de interesados en la cuestión- que se han planteado esta pregunta. Es evidente que no se puede responder de manera simplista y que optar por un sí o por un no, requiere un mínimo de consideraciones. Justamente las que nos proponemos hacer de la manera más humilde desde estas páginas.

La historia se repiteContestar que la historia se repite, sin más, exige pruebas muy concretas y no siempre disponemos de ellas, es decir que un hecho sea un calco de otro. Y desde el punto de vista filosófico se crea el problema de que, a más repeticiones, menos posibilidades de evolucionar. ¿Qué papel juega el libre albedrío de los humanos, si todo, tarde o temprano, vuelve a pasar por los mismos cauces?

Irnos al otro extremo y afirmar que la historia no se repite, exige no solamente pruebas de constante originalidad en los hechos, sino falta de visión para no percibir semejanzas altamente significativas. Y decimos semejanzas, no igualdades, pues lo exactamente igual es el calco al que antes nos referíamos, mientras que la semejanza permite pequeñas variaciones en cuanto a matices, que son los que más nos interesan.

Lo más probable es que la historia se repita, dentro de unos límites, retornando a la esencia de los hechos más que a los acontecimientos en sí mismos. Y a ese retorno debemos sumarle, aunque desgraciadamente en pequeña medida, las experiencias acumuladas a lo largo del tiempo.

Desde hace más de treinta años, el Prof. Jorge Ángel Livraga, fundador de Nueva Acrópolis, como Escuela de Filosofía en la búsqueda de la sabiduría, nos señalaba la aparición de numerosos rasgos históricos semejantes a los vividos por Occidente en su denominada Edad Media, entre los años 500 y 1500 aproximadamente de nuestra era. Entonces nos llamaba la atención esa idea suya, que más parecía una predicción que otra cosa, pero a medida que fue transcurriendo el tiempo, pudimos comprobar que la realidad medieval se iba abriendo paso. Un nuevo medioevo se estaba plasmando otra vez en Occidente, en principio con sus características más disolventes, y paulatinamente con otras consecuencias favorables para la conciencia humana.

¿Cuáles son esas características perniciosas y disolventes a las que hemos aludido? Son varias y basta estar al tanto con lo que nos ofrece la prensa diaria para detectarlas. Por citar algunas, haremos mención de los violentos separatismos que afectan principalmente a Europa, Asia y África; los brotes raciales que enfrentan a unas etnias con otras; el desconcierto político y la falta de auténticos líderes que sean capaces de asumir las riendas en situaciones difíciles; las contiendas religiosas; los grupos de terroristas que asolan tantos y tantos países; los fanatismos intransigentes; el deterioro de la economía aun en las más grandes potencias; la caída de las grandes ideologías, etc., etc. Cada uno de estos argumentos merecería un análisis individual, aunque no faltan ejemplos dolorosos para apoyarlos. Y el conjunto de estas situaciones es muy similar al otro conjunto de situaciones que se vivieron en Occidente cuando el Imperio Romano no pudo sostenerse más como potencia unificadora.

Corrientemente hablamos de la caída del Imperio Romano; llegaron los bárbaros desde el norte y desde el este, y ya no hubo fuerzas ni cohesión como para detener esta invasión que durante siglos no había pasado de constituir una simple amenaza. Algo pasó en el interior del Imperio, y algo pasó por fuera; a la ruptura interior sobrevino la arremetida exterior que no encontró obstáculos en su camino, y no nos referimos solamente a los obstáculos materiales. El Imperio estalló en múltiples trozos y durante la Edad Media fue muy difícil poner de acuerdo a los pequeños feudos, a los incontables reyes, reyezuelos y nobles, salvo casos esporádicos de alianzas momentáneas; las religiones ya no pudieron conseguir acuerdos de mutuo respeto; los caminos se vieron dominados por los salteadores; cada cual tuvo que aprender a velar por sí mismo hasta que aparecieron nuevos esquemas de orden y de poder. Entonces, como es lógico, acabó la Edad Media y el rumbo de la historia se orientó hacia otros derroteros; hoy lo llamamos Renacimiento, aunque tal vez los hombres de entonces no podían titular tan decididamente la nueva etapa que estaban viviendo.

Dejando de lado las denominaciones que pueden resultar más o menos peyorativas según quién y cómo las utilice, hubo varias edades medias en la historia, en Occidente y en Oriente, en el norte y en el sur, entendiendo por edades medias unos períodos muy especiales en que todos los esquemas aceptados se resquebrajan y pierden sustentación. Los sistemas fallan y todo el mundo es consciente de los fallos, porque los viven en carne propia. Los gobiernos se ven impotentes para detener las críticas y las revueltas. Los grandes personajes son grandes hoy, para sufrir mañana el escarnio del desprestigio sin remedio. Las religiones no responden a las necesidades del hombre y buscan otras expresiones no siempre religiosas y más bien dictadas por la urgencia de supervivencia que por imposición del espíritu. La traición es la moneda corriente y todo se compra y se vende, incluso y sin tapujos, las vidas humanas; los que molestan se matan, y los pueblos que protestan se aplastan. Triunfan los bárbaros, los que no piensan, los que tiene la crueldad por bandera y los que saben más del saqueo que de las civilizaciones establecidas, los que no creen más que en sus propias fuerzas y en el número de sus secuaces.

Sin intención de presentar un panorama deprimente y negativo, algo muy similar nos está sucediendo ahora. Y como toda caída, la aceleración es muy grande, tanta como para casi ni advertir la velocidad con que se van sucediendo hechos de capital importancia.

Dos siglos atrás, la Revolución Francesa tuvo que abrirse paso a sangre y fuego para implantar las ideas de igualdad, libertad y fraternidad. De esas ideas hoy quedan las palabras, apenas nombres vacíos que, por muy de moda que estén, no alcanzan a cubrir la triste verdad de la ausencia de esos valores. Volvemos a las utopías de una igualdad que nadie acepta de hecho, de una fraternidad que es guerra fratricida y de una libertad que es tal para los que dictan las leyes.

En los dos últimos decenios, nuestro siglo ha visto precipitarse acontecimientos que hubieran hecho reír a nuestros abuelos; y sin embargo, la realidad ha superado la falta de imaginación de nuestros abuelos… Nuestro siglo empezó con una gran revolución; el pueblo ruso fue su testigo y su soporte; nuestro siglo finaliza con otra gran revolución que vuelve a asentarse en los mismos territorios. En medio de nuestro siglo hubo otros acontecimientos cruentos: la segunda guerra mundial vino a modificar toda la estructura de la Europa Central, cobrando vidas a cambio de nuevas fronteras, y en el mismo escenario hoy caen muertos miles de hombres por recuperar fronteras que parecían olvidadas.

Ver las cosas como son, no significa ser pesimista. Y es difícil no ver el medioevo que nos penetra.

Otra vez estamos en guerra, en guerras, en guerrillas, en enfrentamientos, en pactos para cesar el fuego que no se cumplen, en odios acumulados, en fracciones que se vuelven a fraccionar, en familias que no se reconocen entre sí y amigos que deben luchar en bandos opuestos. Los saqueadores pululan en caminos y ciudades, y hoy es más culpable el que posee un bien que el que lo roba, porque el primero incita al delito del segundo.

Las grandes ideologías políticas que, aunque aparentemente opuestas nos habían mantenido entretenidos durante tantos años, hoy no son más ideologías. Han fracasado por una u otra razón y quedan restos distorsionados que no satisfacen a nadie ni gozan de la fe de quienes dicen sustentarlos. ¿Qué hay del comunismo? ¿Qué hay del capitalismo? El comunismo otrora triunfante hoy se pasea como un reo por los pocos países que todavía lo aceptan. El capitalismo pide permiso para vivir bajo la forma de burocracias administrativas; el mejor gobierno es el que más riquezas tiene. El desprestigio corroe por igual a las ideas y a los hombres y precisamente es el desprestigio humano el que se utiliza para derrumbar los proyectos políticos; hoy todos son escándalos personales, líos de faldas, corrupción, soborno, pactos escondidos y traiciones destapadas. ¿Cómo no van a llegar los bárbaros en estas condiciones? ¿Y quiénes o con qué van a detener a los bárbaros?

Con el concepto de bárbaro sucede lo mismo que con el de “edad media”: encierra un significado peyorativo olvidando el verdadero sentido de la expresión. Para la mentalidad actual, los bárbaros que asolaron el Imperio Romano fueron “los malos” de la película; pero no eran más que pueblos pobres y guerreros que un buen día aprovecharon una grieta evidente para hacerse con tierras ricas y prometedoras. Claro está que no supieron aprovechar esas tierras ni pudieron mantener el florecimiento que Roma había alcanzado; pero tenían hambre y querían territorios para sobrevivir y expandirse a continuación. Las nuevas invasiones ya han comenzado y, como siempre, son los pueblos menos favorecidos los que van a avanzar sobre los países más ricos, sobre las ciudades con alto nivel de vida, sobre los campos fértiles. En Europa vienen invasiones desde el este tras la caída del muro de Berlín y del comunismo soviético; desde el sur, desde la pauperizada y desangrada África; y desde el oeste donde los países hispanoamericanos vuelven la vista hacia el viejo continente en busca de unos medios de vida que ya no pueden conseguir en el nuevo continente de las grandes promesas y los grandes planes. A su vez, América del Norte vive una importante recesión económica; necesita del favor de los industriosos y habilidosos japoneses y no sabe qué hacer con las invasiones que le llegan del sur, ya sea escapando de la miseria o de las guerrillas y los tiranuelos de todos los colores.

A estas alturas es muy difícil mantener la apariencia de orden y concierto, por muchas convenciones, encuentros, deliberaciones y congresos que se realicen en busca de una paz que, en el fondo, nadie quiere ni está dispuesto a aceptar. Lo que todos quieren, lo digan o no, es sobrevivir, y si para ello tiene que aplastar a los demás, lo harán abierta o solapadamente.

Pero allí no termina la cosa. Destruidos los sistemas políticos con sus esquemas sociales y económicos, son las religiones las que alzan las banderas y pretenden conformar nuevas teocracias, esas teocracias que ya se creían enterradas en el baúl de los más viejos y caducos recuerdos. Y ni siquiera se trata de teocracia al estilo de un antiguo Egipto, o Sumeria, o el Imperio Inca, o muchas otras afirmadas en ideas morales y espirituales. No; son los fanáticos los intransigentes, los racistas, los fundamentalistas, los que elevan sus voces y llaman a una guerra bien fácil de ganar pues no hay enemigos delante. Otra vez es el nombre de Dios el que separa a los hombres, cuando era el que tenía que unirlos; otra vez es Dios el que recibe infinitos nombres opuestos entre sí, el que viste ropajes diferentes y auxilia a sus pueblos predilectos en detrimento de los otros pueblos sin Dios…

Pero no hay nada nuevo bajo el sol. La historia se repite, pues también hace siglos fue la religión la que mantuvo la coherencia en medio de un mundo tambaleante. Es difícil concebir que religiones enfrentadas y levantadas en pie de guerra puedan poner remedio al avance destructivo de estas primeras etapas de la Edad Media. Y sin embargo, entre tanta barbarie, hay un atisbo de luz.

Hace más de mil años atrás, cuando todo parecía sumido en la oscuridad, el separatismo, la soledad, el feudo y las murallas de protección obligaron a los hombres a volver la mirada sobre sí mismos, no sólo para salvaguardar sus vidas físicas, sino para preguntarse por el sentido de la vida. Por el sentido de la vida los cristianos fueron a recuperar el Santo Sepulcro; por el sentido de la vida viejas religiones americanas dieron paso a otros pueblos y otras ideas porque ya sus libros sagrados habían pronosticado la destrucción de sus civilizaciones; por el sentido de la vida los musulmanes recopilaron las enseñanzas de los filósofos griegos y romanos y desarrollaron ciencias y artes. Buscando el sentido de la vida, el hombre volvió a creer en Dios, aunque le puso distintos nombres y creyó ser el depositario de la única verdad revelada. Buscando el sentido de la vida se levantaron nuevos templos una vez que se destruyeron todos los que antes habían existido… pero se construyeron.

Hoy estamos en el ojo de la tormenta y no podemos ver con claridad; los hechos se suceden unos a otros sin darnos tiempo a reflexionar ni a buscar el sentido de la vida. Pero las religiones con su locura y sus fanatismos, enfermas todavía del mundo viejo, vuelven a hacer oír su voz. Es probable que el nuevo medioevo permita al hombre recapitular sobre sus raíces, y ayude a saltar las barreras del odio y a encontrar el sendero que lleva al propio corazón. Encontrando el corazón es fácil encontrar el espíritu; y encontrando el espíritu vuelve a haber Dios, con o sin nombres, pero Dios al fin, principio y meta inteligente de todo este extraño giróscopo en el que estamos viviendo.

¿La historia se repite? Sí, aunque no nos demos cuenta de ello, y si nos damos cuenta mejor, así evitaremos dolores inútiles y habremos avanzado una vuelta más en la espiral del Destino sin tanta brutalidad, sin tanta oscuridad, sin tantos sacrificios estériles, sin saber quiénes somos, de dónde venimos ni hacia dónde vamos.

 

Créditos de las imágenes: Henry Hustava

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