La gran noche ártica

Autor: Denis Bricnet

publicado el 15-01-2026

Cosmología y mitología polar

Los inuit, cuyo nombre significa «hombres verdaderos» llegaron a desarrollar una cultura verdaderamente original, adaptándose a una naturaleza de paisajes espléndidos, pero que no tolera ninguna falta a sus reglas.

¿Cómo es que en un ambiente extremadamente cambiante y difícil, imprevisible a la razón, los inuit han sido capaces de desarrollar tan vasta cultura?

Inuits

Los investigadores occidentales ya habían notado que el chamán jugaba un papel importante en el arte y la ciencia indispensables para desarrollar una civilización en la zona ártica. Esta comprobación ampliaba aún más los interrogantes, porque las técnicas chamánicas no pertenecen al modo del razonamiento cartesiano; la levitación, la metamorfosis, el encuentro con los espíritus, la visión telescópica, la lectura del pasado y del futuro, el viaje a la Luna, la visión nocturna y la clarividencia no son herramientas cartesianas.

Extraña paradoja se presentaba al mundo occidental. Individuos capaces de vivir donde la razón habría afirmado la imposibilidad, y además gracias a medios que se consideraba –y considera– como fantasmas.

Desgraciadamente una vez más las investigaciones y análisis se desarrollaron exclusivamente de acuerdo con la lógica del método y de la visión «científica».

El chamán sabe vivir en el mundo de lo cotidiano, pero también en el mundo del mito, para ellos tan real como el nuestro y es de este mundo de donde obtienen su sabiduría y poderes.

Obtener el conocimiento y las técnicas del chamanismo implica una larga y difícil iniciación, cuyos resultados además no pueden garantizarse. Si queremos ampliar nuestro conocimiento y relativa comprensión de la cultura inuit, debemos dejar nuestros prejuicios occidentales de lado, y acoger, escuchar, participar con una mirada nueva.

Ciertos investigadores así lo han hecho y desde hace una década nuestra mirada sobre los inuit y las culturas árticas se ha vuelto a la vez más humilde y profunda.

Perdiz de nieves y patos de cola larga

Los aqiggit o «perdices de nieves» son aquellos que nacieron en invierno dentro del iglú de nieve y bajo la fuerza de la Luna. La tierra, femenina, es su dominio. Los aggiarjuit o «patos de cola larga» nacieron en verano, en la tienda de pieles y bajo el dominio del sol. El mundo marino, masculino, es su hábitat.

En las grandes fiestas del solsticio de invierno, aqiggit y aggiarjuit se enfrentan de diversas maneras. Por ejemplo en el juego de pelota, forman dos equipos. Cada uno debe tirar la pelota lo más lejos posible del lado de su propio dominio: hacia el interior de las tierras para las perdices de nieves, y lo más lejos posible, hacia el mar congelado, para los patos de cola larga. Los resultados del partido informarán sobre la tendencia dominante, fría y lunar o caliente y solar, del clima del nuevo año que se aproxima.

En el iglú circular ceremonial, dividido en dos hemiciclos por el eje del pequeño corredor de entrada, los dos equipos, bajo la conducción y la autoridad de dos chamanes, entablan varios torneos rituales de juegos de destreza, de fuerza y de resistencia, así como concursos de cantos burlescos. En función de los resultados hay, por una noche, redistribución de parejas y de alimentos.

Cuando el sol asoma tímidamente en el horizonte, perdices-de-nieves y patos-de-cola-larga lo miran con una sonrisa de medio lado de la cara mientras que el otro lado queda impasible, pues intentan polarizarla en un lado derecho, positivo, alegre y masculino y uno izquierdo, negativo, serio y femenino.

Las muecas rituales tienen como objetivo provocar al joven sol naciente de tal forma que éste se exalte y amplifique su irradiación.

Así, en el gran momento del retorno del sol, los contrarios se encuentran en una risa burlona, imagen de Sila, la inteligencia creadora y reguladora del universo.

Estos rituales forman parte de un rico conjunto mitológico que expresa la oposición dinámica de los principios masculino y femenino y su unión en el seno de una unidad paradójica.

El chamán es el maestro eficiente de la relación entre el mundo de la vida, donde las fuerzas se oponen, y el mundo mítico, donde se unen dentro de la unidad.

Sila, la inteligencia del universo

Sila (intraducible) supone una visión espiritual, unificadora y paradójica del mundo, y encierra una complejidad de ideas y de significaciones que parecen contradictorias desde el punto de vista de la razón. Bernard Saladin de Anglure, investigador especialista en las culturas árticas, escribe: «Sila es el concepto clave del sistema del pensamiento inuit, concepto que recuerda curiosamente al del logos en las tradiciones vinculadas a Heráclito, a los presocráticos, o al taoísmo en el pensamiento chino».

Más allá de la razón dualista privilegiada por Occidente, esta visión espiritual es fundamental dentro del mundo inuit, no sólo como pensamiento sino también como práctica cultural a todos los niveles.

Cuando se trata de inaugurar el primer iglú, de colaborar en el retorno del sol, de proceder en los ritos funerarios, y de otros momentos vitales importantes, los inuit se dirigen a Sila.

Sila, que también representa el Cosmos (Silarjuarq; el muy grande Sila) y el espíritu del cosmos (Silaap inua; el maestro de Sila) integra el misterio de la unidad paradójica de los contrarios, de la armonía por oposición y de la unión fecundadora y regeneradora de las fuerzas de la creación y de la vida.

Sila es también la inteligencia creadora universal en acción en el Universo. Los inuit deben inspirarse en ella y seguir sus reglas para poder vivir plenamente.

Esta dinámica creadora y vital se expresa y revela mediante los movimientos de los cuerpos celestes y los fenómenos atmosféricos: las constelaciones y estrellas fugaces del cielo inuit, pero también las grandiosas auroras boreales y otros fenómenos atmosféricos, forman los capítulos de un gran libro de conocimientos que enseña eficazmente cómo llevar a bien la vida material y espiritual.

Es en este vasto panorama donde los ciclos del sol y de la luna ocupan un lugar determinante en la civilización inuit.

Hermano luna y hermana sol

Sabemos hoy en día, gracias a Bernard Saladin de Anglure y sus colegas, que el sol y la luna forman una pareja indisociable tanto en la cosmología inuit como en la cosmografía ártica. No es posible conocer la cultura inuit sin profundizar en esta dinámica helio-lunar. Hay entonces dos parejas; la sensible y visible, conformada por la luna y el sol y la mítica e invisible conformada por el Hermano-Luna, y la Hermana-Sol.

El mito cosmológico cuenta que de la oscuridad primordial emerge el cosmos. Luego, de la Tierra, vino la Pareja Primordial constituida por dos hombres adultos. Más tarde uno de ellos fue transformado en mujer a fin de iniciar el proceso de reproducción sexuada.

Ocurrió igualmente la alternancia del día y de la noche, ritmo fundamental que guía el desarrollo y el crecimiento de las fuerzas vitales y de la regeneración. Esta alternancia de la luz y de la oscuridad se manifiesta de acuerdo con los ciclos del sol y de la luna.

El Hermano-Luna persigue a la Hermana-Sol a lo largo de todo el año. Las peripecias de esta persecución, en el mito, estructuran y califican el tiempo y el espacio de la vida inuit.

El sol brilla

El 13 de enero, después de 45 días de ausencia total, reaparece el sol en el horizonte sur. Los niños apagan las lámparas de aceite. Después son prendidas otra vez con mechas nuevas. Es el momento en que el nuevo sol renace y es recibido por todos los rostros serio-alegres de los inuit.

Aunque el sol brille de nuevo, se muestra débil y pegado al horizonte, y no «despega» hasta después de unos días. Para ayudar a su ascensión los hombres juegan a los bolos.

El calendario inuit es lunar y las lunaciones sirven para medir el tiempo y la progresión del sol en el cielo.

Cuando el sol se eleva y se oculta dentro del prolongamiento exacto de los brazos extendidos en cruz, es la «luna de las jóvenes focas» (nattialiut) y del equinoccio de primavera. Es el fin del invierno y de todos los tabúes invernales.

El sol de medianoche

Desde mediados de mayo hasta finales de julio, el sol no se oculta más y da vueltas constantemente en el cielo sobre el horizonte. Es el periodo del Sol de medianoche, culminante en el solsticio de verano en el momento de la lunación de «la luna de los huevos» (manniliut), periodo que corresponde a la puesta y anidada de los huevos por los patos y las gaviotas.

Entre el solsticio de invierno y el de verano, la iluminación es creciente. Las salidas y puestas del sol siguen una progresión de sur a norte. Después, la «ronda» solar se muestra totalmente visible en el cielo; es el periodo de la gran luz, de 24 horas sobre 24.

Hacia el 28 de Julio el sol comienza de nuevo a ocultarse. Los puntos de las salidas y de las puestas retroceden lentamente sobre el horizonte, del norte hacia el sur.

Cuando el sol vuelve a salir y se oculta en el alineamiento de los brazos en cruz, es el anuncio del equinoccio. El otoño llega y la lunación correspondiente se llama «luna en que cae el terciopelo de los cuernos del caribú». Es el tiempo de la muerte vegetal, de las grandes cazas para la obtención de pieles necesarias para los vestidos de invierno, y de los tabúes que entran de nuevo en vigor.

En los equinoccios de primavera y de otoño, el día iguala a la noche. Entre el equinoccio de primavera y de otoño, las fases culminantes de la luna están en relación inversa a la iluminación. El día excede a la noche y el sol domina a la luna.

De mediados de mayo hasta el final de julio, época del Sol de medianoche, la iluminación es máxima, 24 horas sobre 24, y es la luna nueva quien se muestra culminante, invisible, bajo el horizonte.

La gran negrura

A partir del equinoccio de otoño los días disminuyen rápidamente, y a mediados de noviembre el sol se muestra a ras del horizonte. Alrededor del 30 de noviembre se oculta para no elevarse más hasta mediados de enero.

Es el periodo de la Luna de mediodía y de la gran oscuridad, cuyo apogeo marca el solsticio de invierno, en la lunación de «la gran negrura». Es un momento extremadamente crítico y amenazante, tanto para la colectividad como para el universo. El sol está ausente, la luna no siempre está encima del horizonte, no hay animales migratorios, la vida se apaga, no hay reproducciones animales ni vegetales. Este momento se parece a la noche primordial, antes de que el orden cósmico se manifestase.

Durante este periodo de noche total, las mujeres desarrollan juegos de cuerdecillas, trama y cañamazo, destinados a retener al sol, de modo que no pueda desaparecer definitivamente dentro del otro mundo.

Es en el solsticio de invierno, dentro del iglú ceremonial, cuando se desarrollan importantes rituales chamánicos. El iglú de nieve es a la vez un cuerpo femenino magnificado y una reducción del universo. El cristal de hielo es el sol, la abertura de la entrada es la luna.

Dentro de esta matriz cósmica, la colectividad inuit, distinguida según las dos polaridades primordiales de la vida, y bajo la conducción de los chamanes enmascarados, representa el nacimiento del nuevo mundo según las leyes y las fuerzas primeras del universo.

El invierno es también el momento de la claridad máxima producida por la luna llena, en que se desarrollan las grandes sesiones chamánicas y el chamán emprende sus viajes hacia el Hermano-Luna. Porque es en este periodo difícil donde se juega el orden del mundo y del cual dependen más tarde el retorno de la vida y la suspensión de los tabúes que Hermano-Luna culmina mientras el sol está oculto.

Ahora bien, Hermano-Luna es el gran mediador andrógino cósmico. Por él la frontera entre los mundos puede desaparecer y abrirse la otra realidad, el espacio del mito, que es Sila. Ahí se encuentran los principios y el orden escondido de las cosas, allí donde todo es posible de nuevo, donde el mundo existió por vez primera.

El auxiliar del Hermano-Luna es el oso blanco, animal que vive tanto dentro de las aguas como sobre la tierra, paradójico como la unidad de los contrarios. Desde la unidad de los contrarios se recrea el mundo.

Para el chamán se trata de unir efectivamente el mundo del mito, espiritual, al mundo de abajo, material, porque dentro de la noche profunda de un mundo de hielo, el retorno a la vida será un momento solar, primaveral, pero su origen es un impulso llegado del cielo para sumergirse en el corazón de una larga noche de invierno.

Cuando Betelgeuse y Bellatrix (alfa y gamma de Orión) aparecen al Este al final de la tarde, al sur la débil luz de mediodía comienza a crecer y el sol emprende el camino de regreso. Pronto renacerá para un nuevo ciclo.

De mediados de octubre hasta finales de noviembre, y de mediados de enero a inicios de marzo, por término medio la luz solar no ocupa más que la cuarta parte del día, la luna casi llena es la fase culminante, respectivamente creciente y decreciente (75% de la luz lunar).

A finales de noviembre hasta mediados de enero, época del solsticio de invierno, la luz solar es inexistente, y es la luna llena la que culmina con un 100% de luz lunar.

Así, una relación de simetría inversa une las fases culminantes de la luna a la iluminación solar. Este dualismo helio-lunar estacional es fundamental para una lectura correcta de la mitología y de los rituales inuits.

La luna llena de mediodía

Los inuits afirman que las estaciones son inversas en el mundo inferior, que en cada otoño y cada primavera, «la tierra se voltea».

Pero la luna no es siempre circumpolar. Después de una fase en que durante un cierto número de días da vueltas constantemente dentro del cielo invernal, se oculta y desaparece por un tiempo igual. He aquí de nuevo un fenómeno de simetría inversa.

Cuando un periodo de luna circumpolar invernal termina, le sigue un periodo de desaparición de la luna bajo el horizonte y quedan solamente en el cielo las estrellas 24h. sobre 24h. Son ellas las que sirven entonces a los inuit para que se orienten en el espacio y en el tiempo.

A principios de enero, los inuits constatan la victoria del sol sobre la luna y predicen un clima más suave. Pero si la luna reaparece antes del regreso del sol, entonces la luna ha ganado y el clima será más frío.

Un destino de estrella

En el cielo inuit, sobre un fondo de constelaciones, los ciclos helio-lunares mantienen complejas relaciones. Estos ciclos son a la vez los signos y los agentes de la producción, del desarrollo y de la regulación de las fuerzas de la vida, pertenecientes a Sila.

Los inuits saben leer estos ciclos, preverlos, interpretarlos y traducirlos en normas de cultura y de vida. Como todas las civilizaciones tradicionales, los inuit afirman que el mundo es a la vez visible e invisible, que la vida es a un tiempo multiplicidad y unidad, lineal y cíclica, que los espíritus habitan en todas las cosas, que el alma es inmortal y que el destino del hombre es aprender a unirse a las estrellas.

 

Bibliografía:

Saladin d´Anglure, Bernard. Au clair de la lune circumpolare, la cosmologie des inuit. Montreal, UQAM, Interface, diciembre.1992.

Saladin d´Anglure, Bernard. Frerè-Lune, Soeur-Soleil et L`intelligence du Monde. Études inuit Studies, 1990.

 

Créditos de las imágenes: Edward S. Curtis

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