En el mes de la Primavera, vuelven a nuestra mente todas aquellas ideas relacionadas con este momento tan especial de la Naturaleza; y por desgracia junto con esas ideas de renacimiento y despertar, aparecen las nubes sombrías que actualmente todo lo vuelven opaco, deslucido, triste e inútil. El más suave de los calificativos ante la emoción por esta revitalización de la Naturaleza, hoy nos tacharía de “cursis”. Y así crece el ridículo, la oscura vergüenza por lo que debería ser la más pura alegría interior.
Pero ya que de la Primavera se trata, nada mejor que aunar nuestro esfuerzo al de la Tierra y permitir un renacimiento de sanos sentimientos de ideas nobles, de voluntades fuertes.
Junto al verde rebrotar de las hojas, hoy nos hace falta una raíz viva del Amor por la Verdad que, en su resurgir borre —como el sol lo hace con las brumas— las tinieblas de la mentira que nos ahoga. Después de todo, la negación de lo sencillo, lo puro, lo bello, son otras tantas formas de mentira. Miente el que no pudiendo llegar a percibir estos valores, los minoriza ante los ojos de los demás, para evitar que sean otros los que descubran esta vía de felicidad. Mienten los que conociendo la fuerza de estos valores, los niegan para evitar la energía que ellos despiertan en el corazón de los hombres; es mejor seguir la farsa de la ceguera, de la ilusión, y cerrar el entendimiento a lo que brilla por sí mismo.
Tal vez sea la mentira el arma más poderosa contra la integridad del hombre, sobre todo contra la integridad moral. Las dificultades por la supervivencia material se pueden soportar con entereza y con esperanzas, apoyándose en la propia voluntad y deseo de superación; se pueden soportar las enfermedades valiéndose tanto del efecto curativo del tiempo, como de las medicinas o del propio deseo de vivir; se pueden sobrellevar pérdidas, desengaños, dolores psicológicos… Pero la angustia de la mentira es algo distinto; la falsedad se disfraza, envuelve como sustancia viscosa que enreda sin dejar ver la realidad. La mentira no nos muestra “otra cara” de las cosas: simplemente no nos deja ver la única cara que tienen.
Paralelamente al frío del invierno, ha ido creciendo otro frío terrible en el interior del hombre: la incertidumbre, la sensación de vacío, de falta de apoyo, de irrealidad. Un par de mentiras descubiertas bastan para poner en duda gran cantidad de conceptos que antes se daban por ciertos; el veneno de la falsedad se extiende con rapidez atacando por igual lo bueno y lo malo y desvirtuando sus imágenes con igual habilidad de modo de no poder reconocer ya nada con exactitud.
El nuevo rayo de luz de la Primavera se nos antoja, en este estado de cosas, como el milagro renovado que el tiempo nos ofrece en sus ciclos. Y si el tiempo puede hacer renacer hojas, flores y frutos que permanecían profundamente escondidos en el secreto de los vegetales, nosotros los hombres, los amantes de la Verdad, debemos realizar un milagro semejante para dar salida a las ramas, flores y frutos de nuestra condición humana.
Así como todo árbol está vivo mientras viva su raíz, de igual modo el hombre vive mientras existan en su interior las raíces de Verdad que anhelan manifestarse en la Primavera de la Vida. El amor por la Verdad no ha muerto: subyace apenas escondido en la rigidez del invierno. Las raíces están frescas y es tarea nuestra regar con perseverancia y valentía esta fuente de felicidad imperecedera.
También la Filosofía hace Primavera.
Créditos de las imágenes: Dawid Zawiła
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