Enfermos de miedo

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 05-08-2018

Varias veces lo hemos dicho, y no está de más volverlo a repetir: el hombre está enfermo de miedo, y las consecuencias de esta enfermedad se manifiestan en nuevas y peores dolencias que aparecen día a día.

Nueva Acrópolis - Miedo

“Miedo”, grabado a color de Maria Yakunchikova 1893-95

El miedo es una terrible garra que se cierra sobre los pensamientos, los sentimientos y la voluntad, restándole al ser humano toda posibilidad de acción inteligente. La actividad vital se reduce a defenderse, a escapar de todo, a rehuir responsabilidades, a evadir definiciones, a esconderse para “no llamar la atención”; lo gris y opaco es hoy lo más apreciado, y esas, son precisamente las características del miedo  que también es opaco y es gris.

Aparece en estas circunstancias una especial modalidad: la del “anti”, la del que se opone a todas las cosas en cuanto estas cosas significan la menor determinación personal. Todas las cosas son “malas”, pues los defectos son los primeros que se destacan, mientras que el miedo creciente hace perder toda oportunidad de reconocer virtudes.

Estar en contra de todo –que es lo mismo que no estar a favor de nada– es la nueva expresión patológica derivada del miedo. Lo único que se sostiene como bueno es el propio beneficio, la propia supervivencia, aunque para ella haya que destruir todo lo demás, que es lo que sigue inmediatamente al estar en contra de todo lo demás. Se trata, como es evidente, de una aberrante forma de egoísmo, en que el “yo” se autoafirma en la medida en que se desprecia todo lo circundante. No se trata de elevarse cada uno en lo suyo, sino de degradar lo de alrededor para que destaque la propia estatura… No se trata de superar los males que afectan al mundo, sino que, por temor, se niegan y se denigran, al mismo tiempo que se esconde la cabeza bajo las alas de la inacción.

El Filósofo debe erradicar el miedo, y con él, todas sus escuelas. Debe aprender a distinguir lo bueno de lo malo, debe sostener sus ideas y diferenciarlas de aquellas otras que le son opuestas, pero siempre con la voluntad y la acción puestas en juego. No se puede ser simplemente “anti”; hay que tener en principio unos ideales firmes y auténticos, para poder oponerse a alguna otra cosa. Antes de rechazar, hay que aceptar; antes de negar, hay que saber.

El Filósofo puede encontrar errores y descubrir defectos en los diversos aspectos que hacen a la vida; pero no se conforma con señalarlos o temerlos, sino que trabaja ardientemente para mejorar todo aquello que esté en sus manos, empezando naturalmente por él mismo. El Filósofo advierte asimismo que, además de lo malo, siempre existe lo bueno y positivo, solo que a veces está dormido o sepultado bajo las olas de temor y de inercia. Las virtudes, como toda buena planta, deben ser atendidas y cultivadas hasta lograr su mayor desarrollo.

El Filósofo no va en contra, sino a favor de la vida, acepta sus corrientes traicioneras y se esfuerza en lograr una claridad ideológica que le permita transitar por el mundo. Los “anti-todo” terminarán por volvernos “anti-hombres” y el Filósofo valora la condición humana como factor indispensable para constituir nuestro ansiado Mundo Nuevo y Mejor.

Créditos de las imágenes: Munroe

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