Edad Media, Edad de Acuario

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 12-07-2022

Ante todo, quiero deciros que para mí una conferencia es una obra de creación artística, una obra de creación espiritual. Creo que, de alguna manera, el mundo actual está cansado de que le den comidas enlatadas, de que le den todas las cosas preparadas artificialmente, de que a veces un jefe de Estado, para agradecer un regalo, tenga que sacar un papel del bolsillo tan solo para decir: «Muchas gracias». Todo eso suena a artificialidad, a falta de contenido interior, y es preferible, pienso, como filósofo, poder daros lo que está dentro de mi mente y dentro de mi corazón, como mensaje, como toma de contacto humano, antes que algo que podríais encontrar en los libros o en las enciclopedias.

CrisisHoy en día, si bien el mundo tiene más millones de analfabetos que nunca, puesto que el crecimiento demográfico le ha llevado a cantidades verdaderamente descomunales de personas, el mundo europeo prácticamente carece de analfabetos, y se siente feliz porque todos leen. Pero, ¿qué leen? Ese es el problema. Han aprendido a leer y a escribir, ¿para leer qué? Para leer revistas completamente superficiales, que hablan de la vida íntima de un artista, de una cantante o de un torero. ¿Para escribir qué? Para escribir la lista de la compra, para la que nunca llega el dinero. Para eso hemos aprendido a leer y a escribir. ¡Más valía cuando uno de un grupo de diez sabía leer y leía a los demás el Quijote, o leía a Góngora, o leía a Bécquer! De ahí que tengamos que superar esta etapa actual de lo que podríamos llamar «analfabetismo ideológico». Porque hoy todos leemos, hoy todos escribimos, pero ¿qué leemos?, ¿qué escribimos?

En el tema de hoy vamos a ver, un poco, este advenimiento de lo que los filósofos acropolitanos llamamos una nueva Edad Media, que coincidiría con la llegada de la Era de Acuario. El Sol pasa por las doce casas zodiacales, ocupándolas, más o menos, unos dos mil años cada vez, siendo este un microciclo, y existiendo también un macrociclo de aproximadamente veintiséis mil años, en donde los astros volverían otra vez a estar en las posiciones anteriores, excepto algunas estrellas. Generalmente, cuando hablamos de las posiciones estelares, de las posiciones astrológicas, nos referimos a los planetas, y al Sol y la Luna, que en la antigüedad también eran tomados como planetas, porque psicológicamente para el hombre, que se siente el centro del universo, son como planetas más importantes.

Pero además, antiguamente, por ejemplo en Egipto, se trabajaba con otro tipo de zodiaco y otro tipo de astros, que eran las llamadas estrellas fijas. Eran ciento once estrellas fijas que tenían gran influencia, sobre todo en la parte interior del hombre, en la parte egoica; así como los planetas, el Sol y la Luna pueden tener influencias sobre la parte personal del hombre.

Y cuando digo parte personal, lo digo en un sentido filosófico y no psicológico. Bien sabemos que para la psicología moderna la persona es la parte interior y el individuo es la parte exterior; pero filosóficamente, basándonos en su etimología, hablamos de un individuo, aquello que es indiviso, aquello que está en el interior de cada hombre, y una persona, aquello exterior (palabra esta que proviene de las máscaras que usaban en el teatro los griegos y posteriormente los romanos, y que estaban provistas de una especie de pequeña bocina que agrandaba o deformaba la voz del artista; por eso se llamaba per-sono, para hacer sonar, para poder llegar a los demás con un sonido determinado).

Sabéis que el teatro en Grecia, así como en Roma, tuvo orígenes de tipo esotérico, orígenes de tipo iniciático. No era un teatro que tan solo nos presentaba las cosas de la vida. Ese teatro que tan solo representaba las cosas de la vida y las cuestiones entre los hombres era la llamada comedia. Pero cuando los hombres entraban en relación con los dioses y con destinos determinados, y había sufrimiento, había lucha, combate, victoria, fracaso, a eso se le llamaba el drama. Y cuando, aun más allá, eran los dioses los que determinaban el destino de los hombres, de las ciudades, de los pueblos, de las naciones, a eso se le llamaba tragedia. Con eso reunían los tres logos de Platón, las tres exposiciones divinas, las tres fuerzas que rigen todo lo espiritual.

De tal modo, encontramos que cuando nosotros hablamos de persona, lo hacemos de la parte exterior, y cuando hablamos de individuo, lo hacemos de la parte indivisa, aquello inmortal que existió antes de nuestra actual encarnación y que existirá después, en otro cuerpo, en otro lugar.

Hemos dicho que existen grandes ciclos siderales y grandes ciclos planetarios. Hay que reseñar, además, que la Tierra fue considerada en un principio como el centro del universo, pero un centro del universo difuso, con un geocentrismo utópico. Y, ya que menciono el término, querría aclarar la diferencia entre utópico e idealista. En francés las palabras son más parecidas, pero aun en español, aunque sean diferentes en su pronunciación, pueden ser parecidas en su concepción. Sin embargo, una cosa es ser un idealista, alguien que sueña y proyecta cosas que todavía no existen, pero que pueden existir, que están en el plan de la naturaleza, y otra cosa es un utópico, el que sueña y proyecta cosas que, o no existen, o es muy difícil que existan dentro de la naturaleza porque no están en su plan.

Cuando se soñaron los primeros aviones, eso fue criticado por todas las universidades europeas. Se pensaba que un vehículo más pesado que el aire no podía volar, a pesar de que los pájaros pasaban sobre la cabeza de los sabios, y los pájaros son más pesados que el aire. Por tanto, eso estaba dentro de la naturaleza; era una idea, un ideal hacerlo. En cambio, puede ser una utopía el decir que toda la gente del mundo, no importa los millones que seamos, vamos a ser todos bellos, ricos y longevos. Esto no existe en la Naturaleza, no lo vemos, no lo registramos. Quería hacer esa pequeña diferencia.

Aunque hoy parezca algo muy extraño, en aquella época, en los viejos tiempos, se pensaba que la Tierra era el centro del universo. Sin embargo, no es tan extraño, porque psicológicamente lo sigue siendo. Para nosotros sale el Sol, para nosotros cae la Luna; no estamos pensando que gira la Tierra. Sí, si lo razonamos nos damos cuenta, pero para nosotros sube el Sol, o sube la Luna, o se mueven los astros, y la Tierra sigue siendo psicológicamente el centro del universo.

Para aquellos antiguos que no estaban en las escuelas de misterios, la Tierra era, no solo psicológica sino geográficamente, el centro del universo. Recordemos cuando los padres de la Iglesia combatían a los neoplatónicos, diciéndoles que la Tierra no podía ser esférica de ninguna manera, porque si no, los que estuvieran en el otro lado estarían siempre con dolor de cabeza, puesto que andarían boca abajo. Y además, en el día del Juicio Final, el Cristo, cuando viniese, no los vería, porque estarían escondidos bajo la Tierra… y otras cosas que hoy nos hacen reír, pero que eran las ideas comunes de aquella época. Es decir, esta gente estaba asumiendo las ideas populares que había sobre ese antropocentrismo, sobre que la Tierra era una especie de cosa plana completamente circundada por agua y cubierta por aire.

Pero, poco a poco, el hombre va redescubriendo las antiguas verdades, y se da cuenta de que la Tierra no es el centro del universo; que el universo es mucho más importante y mucho más grande. Y con sus investigaciones, el hombre va comprobando que aun lo que llamábamos, en los tiempos en que yo estudiaba, química orgánica y química inorgánica no es exacto. Antes hablábamos de una química viva y de una química muerta; hoy no. Hoy se habla de una química del carbono y de una química relacionada con los demás elementos. Ya no se conciben elementos muertos.

¿Por qué? Porque hoy sabemos, luego de la desintegración del átomo, de las teorías de Einstein, sus correcciones, el espacio curvo… que en esta madera o en este metal existe vida, existe movimiento. Al menos las características que le damos a la vida ‒de movimiento, cambio, traslación, evolución, calor, magnetismo‒, existen en el metal, existen en la madera, existen en los animales, en los vegetales, en el cuerpo del hombre, en las paredes, en el techo que nos cubre. No podemos decir que esto está muerto. No está muerto. Tiene otro tipo de vida que la nuestra, pero no está muerto.

Si le hacemos caso a Pestalozzi, que decía que «la actividad es la ley de la niñez», un niño muy pequeño, un niño de meses, si estuviese aquí, estaría gateando y moviéndose, aunque fuese jugando con sus dedos, jugando con los dedos de los pies, poniéndose un dedo en la boca. En relación con él, vosotros que estáis sentados y prácticamente inmóviles no estaríais vivos. Pero no es que no estéis vivos; es que estáis en otra actitud, está descansando el cuerpo, precisamente, para que algo superior al cuerpo pueda ponerse en contacto con quien os está hablando.

Del mismo modo, hay diferentes formas de vida y hay diferentes formas de respuesta. Yo hablo, vosotros habláis, los perros ladran, los gatos maúllan, pero esta pared también tiene voz (toc, toc, toc golpea con los nudillos en la pared) tiene voz, hay que acariciarla o golpearla para que salga un sonido. Ese sonido es la voz de las cosas. Los antiguos magos utilizaron la voz de las cosas, de manera onomatopéyica, para darles nombres simbólicos a las cosas.

De ahí que se concibiera, en todas las escuelas iniciáticas, que la Tierra y todo el universo estaban vivos. Marción, uno de los grandes neoplatónicos de la escuela de Pérgamo y de Alejandría, nos va a decir que todo el universo está vivo, y le va a llamar «macrobios», el gran ser vivo. En él, nosotros estaríamos insertados, de la misma manera en que las células que conforman nuestros tejidos epiteliales, o nuestros huesos, o nuestros órganos están insertados dentro de nuestro organismo, dentro de nuestro robot biológico, regidos por un reloj biológico propio, que hace que estas células cambien rápidamente, mientras nosotros permanecemos. De igual modo, nosotros cambiaríamos rápidamente sobre la superficie del planeta, mientras que el planeta permanece más tiempo.

Esto nos otorga un concepto de que la Tierra y el universo están vivos. Hoy conocemos que aquel “aislacionismo” en que se creía que estaba nuestro planeta, en medio de un espacio donde había un vacío absoluto, no es cierto. Habréis leído que en el siglo pasado y a principios de este, se decía que el vacío absoluto no se podía lograr con ampollas de mercurio invertido, sino que tan solo existía en el espacio exterior; bueno, pues el vacío absoluto no existe en ninguna parte.

Hoy sabemos, por los estudios con satélites, que lo que llamamos espacio, no es nada más que un lugar en donde los gases y los éteres están más dispersos, donde las distancias moleculares son mucho mayores. Pero existe ese espacio como si fuese un aire mucho más sutil. La prueba está en que hay desviaciones en ese espacio, la cola de los cometas es desviada por el viento fotónico que parte del Sol. Hay partículas fotónicas que proceden del Sol y rechazan los gases del cometa, y eso es lo que vosotros veis como la cola del cometa, que parece incandescente, que parece encendida, pero que no es nada más que los gases que están, precisamente, reaccionando ante la descarga fotónica del Sol.

Tenemos, por tanto, un universo vivo, un universo interpenetrado. No es que los astros nos rijan, ni tampoco nosotros regimos a los astros, sino que estamos todos juntos.

Yo tengo un gato de Siam, al que le gusta masticar un poco de pasto verde. Esta mañana estaba observando un cuenco en el que se habían puesto unas semillas. Esas semillas, cuando yo me fui de viaje no se veían, estaban debajo de la tierra, y ahora, al volver, hay una multitud de tallos erguidos verticales, como bracitos verticales, verdes, que están señalando el cielo. Yo pensaba, oh Dios, ¿cuándo tendremos los hombres esta seguridad de saber dónde está arriba, dónde está abajo, dónde está lo bueno, dónde está lo malo, dónde está Dios? ¿Cuándo tendremos la seguridad del pasto que se eleva, cuándo tendremos la seguridad de la llama de fuego que se levanta sobre los maderos, o del agua que cae vertical entre las rocas? Esa seguridad que hemos perdido, la recobramos a través de la filosofía. A través de la filosofía acropolitana recobramos esa posibilidad de observación y de interpretación de la naturaleza, que nos permite concebir el universo como algo que está vivo e interpenetrado.

No es que los hombres sigan a los astros forzosamente, no es que en el cielo haya tiranos locos, que digan: «Ahora a la humanidad le va a pasar esto, ahora a este grupo le va a pasar esto otro». Amigos míos, no somos tan importantes, no podemos pensar que todo el universo está pendiente de lo que hacemos nosotros, ni que el universo esté poblado por dioses locos que nos mandan hacer una cosa o la otra. Tenemos libertad de elección, tenemos un cierto libre albedrío. Los orientales hablan de un karma, de una ley de acción y reacción, y de unos skandas o semillas de karma, que si son buenas nos llevarían a estados de felicidad, estados de bondad, y si son malas, nos llevarían a estados de sufrimiento, a estados de maldad. Es lógico que haya una relación entre causa y efecto. Es lógico entonces esa existencia del karma, que nos limita. Por ejemplo, yo puedo caminar ahora en esta sala hasta donde llegue el cable del micrófono. Tengo libertad hasta donde la pierdo. Eso nos pasa a todos.

El hombre no está obligado absolutamente por los astros, sino que está, más bien, presionado por las condiciones de vida que crean las emanaciones de esos astros, las presencias catalizadoras de esos astros. Y como los hombres, por lo general, tenemos poca fuerza de voluntad, tenemos poca determinación, y nos dejamos llevar por el entorno –recordad a Ortega, o el hombre cambia el entorno o el entorno cambia al hombre– entonces ese entorno presiona sobre nosotros y nos empuja a hacer cosas.

De ahí la enorme importancia de los astros que condicionan nuestra concepción, que es muy importante en un horóscopo, y también de los que condicionan nuestro nacimiento. Por eso el emperador Augusto tenía en sus camafeos –el más grande lo podéis ver en el Museo Británico– no solamente marcado el momento de su nacimiento, sino el momento de su concepción, porque son dos elementos muy importantes. Vemos que nos encontramos condicionados por esos astros, sí, pero no obligados forzosamente por ellos. Tenemos una pequeña parte de libertad. Todo estaría en una relación.

Esto que hemos llamado Edad Media, no es tan solo una referencia exclusiva a la última Edad Media en la cuenca del Mediterráneo. Quiero deciros que según la ciencia va descubriendo poco a poco, y según sabían desde hace mucho las escuelas de filosofía arcaicas, tradicionales y esotéricas, el hombre es mucho más antiguo de lo que se pensaba hace cien años. Hoy ya no podemos decir, como dijeron eminencias como Gaston Maspero, pero que estaba influenciado por su tiempo, que «la rueda se inventó en el cuatro mil cuatrocientos cuarenta y tantos antes de Cristo, en la ciudad de Babilonia».

Hoy sabemos que muchos pueblos tuvieron ruedas y que es muy difícil fecharlas. Es muy difícil fechar incluso culturas conocidas. Los famosos bronces de Luristán estaban fechados hasta hace cuatro o cinco años entre el octavo y séptimo siglo antes de Cristo. Hoy en día están fechados en el segundo milenio[1]. Vemos que estamos aprendiendo y, en ese aprendizaje, estamos descubriendo que el hombre es mucho más antiguo de lo que habíamos pensado, y que incluso estos pueblos que llamamos salvajes, como algunos de África o de Oceanía, no son salvajes primitivos en el sentido de algo que comienza, sino que son más bien restos de viejas culturas que existieron.

De ahí que algunos de estos indígenas de la Polinesia que no conocían el fuego, cuando fueron entrevistados por los primeros periodistas de renombre a finales del siglo pasado, y se les preguntó qué forma tenía la Tierra, tomaron un poco de arcilla entre las manos, la amasaron, hicieron una bolita, y dijeron: «La Tierra tiene forma de bola, y todos esos astros que están en el cielo tienen la misma forma».

¿Cómo lo puede conocer esto un hombre que lo único que sabe hacer es golpear una piedra contra la otra, que está casi en un estado paleolítico formativo, que no conoce o no utiliza el fuego?, ¿cómo hace para saber eso?, ¿cómo hace ese hombre para calcular un bumerán? El bumerán es ese instrumento que se arroja con un movimiento giratorio, y lanzado hacia adelante va subiendo, pasa por encima de nuestra cabeza, retrocede y retorna mansamente, cayendo a nuestros pies. El cálculo de un bumerán hecho de maderas duras requiere un conocimiento no solamente sobre la madera, sino también sobre la resultante de las fuerzas de movimiento, la distancia y el viento. Es como diseñar un ala delta, y ellos, sin embargo, lo tienen desde hace milenios.

Del mismo modo, vemos bumeranes en las manos de los egipcios de las primeras dinastías, como en las pinturas de la necrópolis de Sakkara, en Menfis. Ahí encontráis bumeranes de guerra, y otros, en forma de látigos elásticos, que se utilizaban para cazar patos. Había incluso bumeranes que tenían un carácter mágico, como los que se encontraron en la sala norte de la tumba de Tutankhamon, destinados a la lucha contra el mal en los mundos invisibles.

Encontramos en toda cultura tradicional con raíces profundas, que el hombre tiene muchos millones de años, que ha habido otras civilizaciones antes que la nuestra, que fueron destruidas, bien por obra de grandes cataclismos geográficos, bien tal vez por algo parecido a lo que nos amenaza ahora, es decir, una especie de fuerza terrible que se podría abatir sobre nuestras cabezas, la fuerza atómica, la bomba atómica. No olvidemos que en los viejos libros tradicionales de la India se habla de una energía muy grande que llamaban marmash. Parece ser que la conseguían de un modo inverso al que se utiliza hoy, que llevamos la materia a la energía. Ellos llevaban la energía a la materia.

Y así, dicen los textos que había pájaros voladores que podían, textualmente, poner huevos sobre los ejércitos enemigos y que cada huevo podía matar a un millón de hombres. Evidentemente, un «huevo» que mata a un millón de hombres tiene varios megatones de fuerza. No nos encontramos ante una simple antorcha, ni nos encontramos ante un simple caldero que tira agua hirviendo; no se mata a un millón de hombres con agua hirviendo. Supongamos que hayan exagerado, porque, así como exageramos nosotros, pudieron haber exagerado los antiguos. Quitémosle un cero, que matase cien mil hombres… estamos en lo mismo.

Es obvio que alguna vez se conocieron estas fuerzas que duermen dentro de la naturaleza y que, tal vez por imprudencia, ocurrieron fenómenos que destruyeron culturas y pueblos.

Esta certidumbre, primero, de que la Tierra vive, segundo, de la antigüedad del hombre y de su relación con el cosmos, que estaría presionándolo, configurando su entorno, hacen que en la actualidad lleguemos a la conclusión de que, con la entrada en la edad de Acuario, estamos entrando en una nueva Edad Media. Según algunas cronologías, la edad de Acuario ya habría comenzado, aunque para otras aun no y estaríamos en una transición. Lo que es seguro es que hemos abandonado ya la edad de Piscis.

Y cuando digo Edad Media, no me refiero tan solo a la última que ocurrió en Europa, sino que hubo muchas otras edades medias entre las tantas culturas que ha habido en el mundo. Por ejemplo, conocemos perfectamente la existencia de una Edad Media después de la destrucción de las grandes culturas de tipo cicládico, cuando el volcán de la isla que hoy llamamos Santorini entró en erupción y la gran ola penetró en Creta, haciendo desaparecer todo a su paso. En ese momento vino una especie de Edad Media en el Mediterráneo, y ahí es cuando Homero va a cantar lo que pasó en Troya. Pero él es un cantor, él es tan solo un juglar de esa Edad Media, como los juglares que vinieron después. Asimismo, en China vamos a encontrar numerosas edades medias, que en los libros se describen como «periodos de los reinos combatientes».

Y también las vamos a encontrar en América, entre los mayas. Podemos determinar tres niveles culturales: un nivel cultural profundo llamado preclásico, que va desde el 1500 antes de Cristo hasta más o menos el siglo cuarto después de Cristo; luego viene una Edad Media; hay posteriormente otro nivel que va a resurgir más o menos del siglo cuarto al noveno, llamado clásico; después viene otra Edad Media, y la última etapa, el postclásico, también llamada etapa Chichén Itza IV, que es la que va a aparecer justo cuando se lleva a cabo la conquista de América. En ese momento, los mayas van a chocar con fuerzas superiores, con hombres mejor armados, y van a ser destruidos terminado el periodo postclásico, en el siglo XVII. Los últimos restos de los mayas se van a refugiar en la ciudad de Mayapán, una ciudad escondida en la selva y que va a ser encontrada siglos más tarde.

De forma similar, se han sucedido edades medias en las culturas del alto Perú. En la parte del norte existía la cultura de Chavín, que empezó a decaer hace más de tres mil años, sobreviniendo una Edad Media; luego se retomó el impulso civilizatorio a través de las culturas mochica, chimú y finalmente con la cultura incaica. Es decir que las edades medias las encontramos en todas partes.

Lo que nos acontece no es un fenómeno único, es un fenómeno que ha ocurrido otras veces. Estamos entrando en una nueva Edad Media. Me podríais decir: «Yo no veo pasar a los vikingos por aquí: no veo tampoco que los sajones estén tirando la puerta abajo». ¿Seguro que no los veis? Lo que pasa es que ya no se llaman sajones, ahora se llaman «revientapisos», pero es lo mismo. Empiezan a venir. No esperéis que vayan a entrar de golpe un millón; no creáis que las primeras barcas vikingas, o que los primeros salteadores, los que salían de Mauritania y atacaban las costas italianas cuando la partición del Imperio romano en Oriente y Occidente, llevaban grandes hordas como las de Alarico. No. Primero iban aislados, iban pequeños grupos de piratas. Y eso es lo que vemos hoy.

Y ¿no creéis que los que están en la calle con una navaja, esperando para quitarnos el dinero que llevemos encima, son también algo salvajes, algo piratas? ¿Y no hemos llegado ya a la piratería marina? Para no citar algo extranjero voy a citar algo que ocurre aquí. En las islas Canarias, ¿no se asaltan algunos buques en los puertos, con botes de goma, con zodiacs veloces? Los abordan con metralletas, cogen lo que pueden y salen huyendo. ¿Y no tenemos en el mundo grupos guerrilleros que actúan de una manera completamente feudal, completamente medieval, apoyándose en un grupo religioso o político y rechazando a todos los demás? Y justifican cualquier acto de violencia en nombre de ese grupo. Esas son características típicamente medievales.

Los que viajamos sabemos que una compañía aérea que hace ocho o diez años tenía siete vuelos semanales a Lima, hoy tiene uno, tiene dos. Otra compañía aérea tiene otro más o a lo sumo, dos. Y hay muchos días en que no hay ninguno. ¿Por qué? Porque todo comienza a lentificarse. Sabéis que en España hay registrados unos dos millones de parados, y aun en Estados Unidos hay registrados más de diez millones de personas que no tienen trabajo. Digo registrados, porque siempre los que no están registrados son más. Y esto es un círculo vicioso, porque, ¿de dónde sale el dinero para pagar a los parados? Muy fácil: de los impuestos. Y los impuestos, ¿a quién se le cobran? A los que producen. Y si los que producen son cargados de impuestos, ¿siguen produciendo? No. Y cuando no producen, ¿qué pasa? Que van a la quiebra. Y cuando van a la quiebra, ¿qué ocurre? Que hay más desempleados, que se suman al grupo de gente en paro, que ahora necesitarán cobrar. Para cobrar hará falta más impuestos. ¿Y a quién se le cobran los nuevos impuestos? A las empresas que producen. Las empresas que producen quiebran. Y entonces hay más desempleados… Es una rueda imparable.

Económicamente, no solo en España, sino en el resto de Europa y en el resto del mundo, de manera catastrófica la economía se hunde, poco a poco, y vemos aparecer fenómenos, como huelgas o problemas policiales internos, que hace diez años no se hubiesen concebido. Porque uno no concebía un policía que hiciese huelga, como no se puede concebir un bombero que haga huelga, como no se puede concebir una madre que haga huelga. Son cosas que a uno nunca se le hubiesen ocurrido, pero que si seguimos así, no sabemos en qué desembocará esto.

En la actualidad comienza a haber esos altercados, comienza a haber violencia individual, violencia puntual. Los Estados no se atreven a dominar esa violencia puntual; podrían dominarla, pero no se atreven a hacerlo, porque tienen tantos problemas internos, porque tienen tantas consultas internas que hacer, que están trabados, y el terror, poco a poco, va ganando a la gente. Es el viejo terror que se sintió en la Edad Media.

Dicen algunos manuscritos que yo he podido consultar en Francia, que cuando los vikingos atacaban las costas de Bretaña, muchas veces con poner el mascarón de guerra en la proa del barco –porque el barco no llevaba siempre el mascarón, lo ponían solo cuando entraban en combate– no les hacía falta ni siquiera luchar. Hoy sabemos, según el estudio de estos manuscritos y tapices, como el de Bayeux, que está en Normandía, que los barcos no embarrancaban de proa, como se creía hasta hace poco y como se ve en las películas, que es una cosa muy bucólica: vienen los barcos con la vela cuadrada distendida y embarrancan de proa. No, porque los vikingos querían después ir a otra parte, y si hacían eso podían tener roturas en la quilla, en la cala, podían hacer agua sus naves. Por esta razón arriaban la vela, maniobraban con remos, daban la vuelta y entraban de popa, para poder encallar bien en la arena, ya que les bastaba bajar y casi con su sola presencia toda la gente salía corriendo. Luego iban, robaban todo lo que podían, robaban lo que hubiese de oro, de plata, lo que se pudiese comercializar, telas, en fin, algunos animales para abastecerse, agua, vino, y se iban. Es decir, que no siempre entraban en combate.

Y va a llegar ese momento, ya está llegando, porque hay mucha gente que cede ante el miedo y aporta impuestos revolucionarios, con tal de no ver involucrada a su familia ni a sí mismo. Ya estamos entrando en una nueva Edad Media. Estamos frente a ese problema. En estos momentos algunas calles de grandes ciudades como Nueva York, el barrio de Brooklyn por ejemplo, están vacías, con los cristales rotos y habitadas por una especie de submundo de gente, bandoleros… Y Central Park no lo cruza nadie de noche, salvo un valiente, porque hay que tener mucho cuidado. Hace más o menos un año, a una persona la ahorcaron delante de unas treinta personas que estaban mirando; ninguna de las treinta alcanzó a reaccionar. ¿Por qué? Porque hay terror, porque hay miedo. El miedo es el heraldo, el miedo es la corneta, la trompeta que marcha delante de los caballos del Apocalipsis, de los caballos de esta nueva Edad Media.

¿Qué podemos hacer ante ese miedo? No me gusta hacer un psicoanálisis sin terminar con una pequeña psicosíntesis, es decir, dejaros algo que hasta los dioses dejaron en el fondo de la caja de Pandora: la esperanza. Pero no una esperanza utópica, sino una esperanza real, una esperanza que podamos realizar.

¿Qué debemos hacer ante esta nueva Edad Media? Nosotros los pequeños, nosotros los filósofos, no tenemos fuerzas físicas para poder inclinar los destinos del mundo, porque no podemos, de ninguna manera, parar esta especie de locura que se ha apoderado del mundo. No podemos detener el envenenamiento de las aguas, ni podemos detener el que se esté reduciendo la capa de ozono que nos está protegiendo de los rayos cósmicos, porque allí están yendo aviones y máquinas aéreas, y están llegando gases fluorocarbonados que la están dañando. No lo podemos hacer.

Pero podemos hacer algo, podemos empezar por nosotros mismos, por lo que tenemos. De ahí la diferencia entre el idealista y el utópico. ¿Qué hace el utópico? El utópico diría: «Nos reunimos, nos sentamos a una mesa, cada cual expone sus ideas, y quedamos de acuerdo en cómo rehacemos el mundo». Pero ¿rehacerlo cómo, con qué? En todo caso, si armamos mucho escándalo vendrán unos agentes del orden y nos desalojarán. Esa iba a ser la parte fáctica, real. No vamos a poder cambiar el mundo, pero podemos empezar a cambiarnos nosotros, que construiremos el mundo de mañana.

Pongamos siete puntos a cambiar en cada uno de nosotros, en relación con esos siete cuerpos esotéricos, con esas siete expresiones manifestadas que tiene el hombre en la Tierra. Empecemos por abajo:

Físicamente, tratemos de ser lo más limpios posibles, tratemos de ser lo más elegantes posibles. Tratemos de tener higiene física y un sentido estético que responda a una ética interior; tengamos un orden.

En lo energético, tratemos asimismo de no caer en la gula, de no beber ni fumar en exceso. Yo fumo un cigarrillo de vez en cuando; cuando como, bebo vino –no estáis frente a un santón, estáis frente a un filósofo. ¿Un vaso de vino o dos? Vale. ¿Un cigarrillo? Bueno. Pero cuidado con el exceso, cuidado con las drogas, cuidado con los elementos que nos embrutecen, cuidado con aquello que nos quita la energía, que no nos deja vivir.

En la parte psíquica, lo que llamarían los ocultistas el cuerpo astral, debemos reconfortar nuestras buenas emociones, tener emociones artísticas, emociones estéticas ante cuadros, ante buenas músicas, ante esas glorias de la humanidad, y tratar de que nuestras emociones más bajas, más instintivas estén sujetas. Tengamos un cierto señorío aun en nuestro amor y aun en nuestro odio. Si no podemos superar ni el amor ni el odio, si no podemos hacer como el Buda y llegar a la liberación, tratemos al menos de mostrar cierto señorío, cierta belleza, cierto contacto con los arquetipos de los que hablaba Platón.

Pasamos a lo mental, aquello que los hindúes llaman kama-manas. Tratemos de que aquella parte de nuestra mente que está en relación con el mundo esté controlada. ¡Cuidado con las ideas circulares! ¿Cómo se reconoce una idea circular? Muy sencillo. Cuando termina, comienza de nuevo, y cuando termina vuelve otra vez a comenzar. Os habrá pasado muchas veces, ante un problema, cuando alguien os ha ofendido, os dijo algo que os hizo enfadar o cuando os sentisteis pospuestos o mal, en fin, todos somos humanos, entonces uno empieza a pensar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez; es decir, no se sale de la rueda, no hay posibilidad de mejoramiento y uno se sigue repitiendo lo mismo, se repite lo mismo todo el tiempo, con lo cual se autodestruye. Y ¿cómo podemos evadir la rueda? Pues la rueda la evadimos tomando espesor, tomando altura, convirtiendo esa rueda en una especie de espiral o cono, que nos pueda elevar; tratando de encontrar soluciones a nuestros problemas, y si no las encontramos, dejar de lado los problemas, superarnos a nosotros mismos.

En la parte que los orientales llaman manas o mente superior, procuremos estar enlazados con los grandes pensadores, con Platón, con Lao-Tsé o con quien os guste, pero que sean grandes sabios, grandes filósofos; no solo leer revistas baratas. Y no digo baratas en el sentido de costo, sino en el sentido interior de la palabra, esas revistas que hablan sobre el casamiento del torero tal o del futbolista cual, y lo que pasó y lo que no pasó, antes, durante y después. Dicen que eso es apasionante para la gente, y se publica en treinta o cuarenta idiomas. Debemos tratar de estar más en contacto con los grandes pensadores y filósofos y con los libros escritos con seriedad… o con los cómic, que por lo menos no nos hacen daño y son cosas simples que no nos van a envenenar la mente.

Respecto a la parte intuicional, es fundamental crear nuevas ideas, estar abiertos a nuevas ideas, no a ideas que nos entren tan solo por el oído, es decir, repetir lo que los demás dicen, sino tener ideas propias que puedan abrir el mar de la historia como proas de nuevos barcos, de nuevas galeras descubridoras de nuevos mundos. Eso nos llevaría a estar iluminados, a lo que los orientales llaman budhi. Llegar a la iluminación, llegar al contacto con un mundo invisible, que existe, que yo lo sé y muchos de vosotros lo sabéis, ese mundo invisible con el cual podemos tomar contacto, ese mundo ante el cual nos vienen palabras, nos vienen notas. ¿Es que acaso no habrá poetas en esta sala? ¿Y acaso no saben los poetas que una poesía no se construye sino que se escucha? Y esa poesía si uno la pierde, ya no la escribe más. Y lo mismo pasa cuando se compone una música, cuando hay que dar una pincelada determinada en un cuadro o cuando hay que decir una palabra especial en una conferencia.

Por último, en nosotros hay un estado interior, un estado místico que debemos recrear. Hemos hecho que nuestros niños pierdan la vergüenza de hablar del sexo, pero les hemos creado vergüenza para hablar de Dios. Debemos volver a recrear una mística natural, que nos lleve a ese concepto de Dios, a ese concepto grande, el que ha hecho construir las pirámides, el que levantó el Partenón, el que hizo todas las grandes obras que hay en la humanidad. Y de ahí llegaremos a aquello misterioso, el “amigo sutil” del que nos hablara Amado Nervo en su poema El estanque de los lotos:

 

Yo soy el ser oculto que a veces en ti gime,

el divino extranjero, el AMIGO SUTIL

 

Es decir, atmá para los orientales, el que está dentro nuestro y contempla todas las cosas que hacemos, aquel que nos juzga, el juez interior. El que aunque nadie nos critique, nos dice que nos estamos equivocando. El que cuando estamos muy desconsolados, nos da una palabra de esperanza. El que cuando estamos demasiado eufóricos, nos recuerda que todo pasa.

Recreando ese «amigo sutil» recreamos una nueva forma de espiritualidad y recreando estos siete puntos básicos recreamos el hombre nuevo. Construimos un hombre nuevo para una nueva cultura, para una nueva civilización.

Más allá de toda esta sombra que nos envuelve ahora, hay luz. Más allá del miedo, de la violencia, de la explotación del hombre por el hombre, más allá de la politiquería, hay luz. Más allá del horizonte hay luz. Debemos llegar al horizonte, tenemos que abrir las puertas de la historia para llegar a ese lugar iluminado, y eso lo podemos hacer todos juntos, lo podemos hacer cada uno de nosotros. Porque tenemos que evitar la masificación… No podemos convertirnos, como nos quieren convertir, en un rebaño de ovejas, para que todos pensemos lo mismo. No, tenemos que aprender a pensar por nosotros mismos.

Cada uno de nosotros es un mundo, es un jardín, es un cielo, es un infierno, es una ciénaga; pero somos nosotros y por algo valemos, y por algo hemos nacido y por algo vamos a morir. Tenemos que justificarnos ante la historia y ante nosotros mismos. Así, cuando digo “todos juntos”, digo todos juntos en unión, en una unión hacia algo, en una unión hacia un horizonte, en una unión hacia una meta. Y esa meta, más allá de esta Edad Media, se ciñe a la edad de Acuario. Acuario tiene cuatro periodos, el primero de hielo, duro, terrible. Más tarde uno de agua; luego uno gaseoso y al fin la luz.

Para llegar a esa luz tenemos cada cual que cumplir con nuestro deber, a nuestro nivel. Nadie es tan joven, nadie es tan viejo, nadie es tan pequeño, nadie es tan grande, nadie es tan rico, nadie es tan pobre que no pueda colaborar en esta obra que es en beneficio de la humanidad. ¿Por qué? Porque hemos de llevar, a través de todas las amenazas, desde las más pequeñas hasta las atómicas, a la humanidad adelante, como se ha llevado durante millones y millones de años. El mundo no perecerá, la cultura no perecerá, el hombre no perecerá. Iremos adelante, iremos hacia la luz, a través de las tinieblas.

Debemos erguirnos dentro de nosotros como un tallo verde, debemos aprender otra vez a verticalizarnos, como los árboles, como el fuego.

[1]    Así era en 1983. Actualmente hay referencias a que los objetos más antiguos de esta cultura, se remontan hasta a 2.600 a. C.

Créditos de las imágenes: Ben White

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Referencias del artículo

Conferencia dictada el 26 de noviembre de 1983 en la sede de Nueva Acrópolis, Gran Vía 22, Madrid, España.

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