Debemos preservar la pureza de la Naturaleza… y del Hombre

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-08-2015

Después de la “guerra fría” o “guerra sucia” que siguió a la Segunda Conflagración Mundial, aunque se mantuvo el mito de los malos y los buenos, la juventud de Occidente cayó en un gran desconcierto. Como si fuese un niño asustado, en su intención de borrar las “malas palabras” que se decantaron después de 1945, lo hizo también con gran parte de la memoria colectiva que llamamos “Historia”.

Nueva Acrópolis - NaturalezaLas viejas costumbres y aceptaciones, que aun en su imperfección habían permitido guardar al hombre cierto protagonismo individual y colectivo con ansiedad de futuro, se derrumbaron. Y arrastraron en su caída a millones de jóvenes desencantados. Habían ganado la Gran Guerra los “buenos”… pero… ¿por qué entonces seguían los enfrentamientos, las injusticias, el racismo, la explotación, y eran cada vez menos las oportunidades de ganarse la vida honradamente? ¿Por qué los pueblos liberados en África y Asia de la forma colonialista, caían otra vez en ella, y en la barbarie económica, social y política?

¿Por qué un muro, a la manera medieval, se había alzado en el medio de Berlín separando el Este del Oeste? Sartre, desde las “caves” de París, gritaba: “¡Empecemos de nuevo!”… pero pasada su excitación, lo llevaban a rendir pleitesía a sus amos en la URSS. Luther King y Kennedy se opusieron en USA a los mutuos racismos entre negros y blancos: los mataron a los dos.

Desde las barricadas del 68 en Paris, a la cruenta miniguerra del Vietnam, el valor y la importancia de lo verdaderamente humano se fue disolviendo en la nada. Un mundo cada año más polucionado, repugnante, feo, falso, nos hundió a todos en el barro venenoso del materialismo y la lucha fratricida. Entonces se produjo una reacción. Desgraciadamente muchas veces politizada y manipulada.

Fue la concienciación ecologista de que nuestra tecnología artificial y mal usada había emponzoñado la Tierra. Se redescubre el valor y la belleza de los vegetales, los animales, las aguas transparentes… ¡Razón tenían nuestros antepasados cuando afirmaban que sólo se valora lo que se pierde!

Pero la juventud, envenenada con los odios viejos y las drogas nuevas, va al rescate de la Naturaleza y de sus habitantes muy tímidamente. La han quebrado a golpes de propaganda. Y, lo que es peor, en esa reacción ecologista no se toma debidamente en cuenta al hombre. Se llega a la paradoja -¿o escapismo?- de querer salvar los osos Panda y no preocuparse de ayudar a nuestros semejantes, hundidos en la miseria espiritual, moral y física.

Debemos marchar con firmeza y audacia hacia el rescate ecológico del hombre mismo, hoy amenazado de extinción, no sólo por los mortíferos aparatos convencionales y atómicos, sino también por una falta de higiene física y metafísica; por consumir alimentos que no son naturales al cuerpo y otros psicológicos y mentales, como la pornografía y la ignorancia, que no son naturales al alma.

Hay que darle al hombre el “hábitat” que necesita para subsistir. Necesita el aire puro de la verdad, el agua pura de una cultura desprovista de intelectualismos deformantes; la tierra pura del trabajo duro que fortalece y hace ganar el pan sin depender de los humanoides y animaloides tecnotrónicos; el fuego puro de una nueva espiritualidad que nos enseñe cómo se vive y cómo se muere, el porqué del dolor y la felicidad, la realidad de Dios y de nosotros mismos, perdurables, inmortales, magníficos en nuestra poderosa verticalidad interior.

La mayor amenaza para el hombre no es la radiación atómica, sino la del materialismo, la cobardía, la crueldad y el ateísmo. Las mutaciones que el hombre puede llegar a sufrir bajo estas sutiles radiaciones son pavorosas y, en parte, ya han comenzado. Ved esos jóvenes sin ideales, tristes y sucios, más amantes de la mesa y el lecho que del trabajo y el estudio, que, siendo ricos se disfrazan de pobres, siendo hombres se disfrazan de mujeres y siendo mujeres se disfrazan de hombres. Ved las personas maduras físicamente, pero aniñadas, sin capacidad de resolución ante el peligro, de ganar su sustento sin lloriqueos, de enfrentar la vida y enfrentar la muerte con dignidad y belleza. Y por fin a esos ancianos que, por no saber serlo, persiguen y manosean a los niños libidinosamente, se tiñen las canas y se fajan la panza, olvidando la Afrodita de Oro que todos tenemos en el corazón a cambio de una pseudojuventud que ya los ha abandonado inexorablemente, y a la que sobrevaloran, como si fuese algo más que una etapa de la vida, tal vez la más difícil y la menos feliz.

Debemos preservar, entonces, a todos los seres vivos, pero sin olvidar que el humano es también uno de ellos. Y que nosotros somos seres humanos.

Así de simple.
ASÍ DE IMPORTANTE.

Jorge Ángel Livraga Rizzi.
Publicado en Revista Nueva Acrópolis núm. 157. Madrid, Febrero de 1988.

Si alguna de las imágenes usadas en este artículo están en violación de un derecho de autor, por favor póngase en contacto con nosotros.

¿Qué opinas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies