Corrupción

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 22-06-2015

De pronto, como ha pasado y posiblemente seguirá pasando, una palabra hace irrupción en el panorama de nuestras vidas y crece hasta el punto de teñirlo todo con su significado real, supuesto o transformado por la manipulación. No es que la palabra aparezca porque sí, sin razones que le den cabida. No es que su significado no se refiera a hechos concretos. Lo que pasa es que hechos y razones pasan a un primer plano desmesurado y, como en el cine cuando estamos sentados en la primera fila, las imágenes se distorsionan y ocupan todo el ámbito visual.

Nueva Acrópolis - CorrupciónCorrupción…

Hoy todo es corrupción y el término puede aplicarse a cualquier actividad, grupo humano o persona con una impresionante variedad de matices. Parece como si el mundo entero se estuviera descomponiendo en partes y hubiera seres especiales destinados a señalar y condenar la putrefacción de esas partes.

A tal punto llegan las cosas que para hacerse notar o poder ganar prestigio en el mundillo de los conocidos o reconocidos, hay que agregar al historial ciertos elementos de corrupción para estar a tono con lo que se ha vuelto un “status” generalizado, claro que dentro de lo permitido.

¿Quiénes son los corruptos?

En la actualidad nadie se salva. Hombres más o menos grises, más o menos destacados, bien sea en política, en finanzas, ciencia, arte, religión, enseñanza, comercio… Instituciones que van desde simples agrupaciones vecinales, pasando por gremios, partidos políticos, iglesias, equipos de gobierno, estados…

¿Por qué son corruptos?

Porque su actuación -sea individual o conjunta- no es limpia, no es clara, no es honesta. Porque se aplica constantemente aquello de que “los fines justifican los medios” y porque tampoco es seguro que existan unos fines definidos, por cuanto aquellos que se esgrimen se contradicen constantemente.

Porque todo se compra y se vende, lo cual sería lógico en una sociedad de consumo como la nuestra, pero lo triste es que también las personas, con sus conciencias morales incluidas, tienen un precio en ese mercado.

Porque existen infinidad de fórmulas de chantaje que obligan a aceptar lo que de otra forma nunca se hubiera admitido. Y no hace falta cargar con una mancha ignominiosa o algún pecadillo oculto para ser chantajeado: basta con tener una familia, un ser querido, una profesión o alguna aspiración para que algo o alguien pueda aplicar la debida presión poniendo en peligro aquello que se ama.

Porque gustan más las cosas sucias y escandalosas que los hechos sencillos y normales. Porque es difícil -si no imposible- definir la “normalidad”. Porque todo debe tener un matiz oscuro y denigrante para asumir valor.

Porque a nadie parece interesarle más que lo inmediato y palpable, el goce del momento, el beneficio personal, la riqueza desmesurada y el poder para seguir adquiriendo riquezas.

Porque, en fin, no aparecen metas ni principios válidos por ninguna parte, y el que los posee queda sepultado por la ola de corrupción que arrasa y embarra cuanto toca.

Así, volviendo a nuestra primera afirmación, nadie se salva, porque el corrupto lo es, y el que no es corrupto lo parece, ya que quien lo es no puede concebir nada diferente a lo que ejercita a diario. Porque el que lo es, implica a mucha gente y no es fácil escapar de esa garra. Es difícil permanecer intocado dentro de un sistema tan bien manipulado.

Los corruptos son, pues, los que se corrompen y los que corrompen a los demás, obligándolos a participar de un esquema que presiona y aprisiona.

¿Hay tanta corrupción como parece?

Seguramente la hay aún mucho más de la que se muestra y la que se ventila en los medios de comunicación. Pero también es seguro que la verdadera corrupción permanece bien resguardada y no es nada sencillo llegar a sus raíces. Cuando la corrupción está aliada con el poder mal entendido, se cuida mucho de cubrir las apariencias y encontrar fórmulas que simulan ser honorables para responder de lo que no es honorable.

Lo que hiere y molesta hasta el hartazgo es la búsqueda de corrupción en todos los rincones, los novelones inventados, las tramas que se tejen para obtener publicidad, las personas que se persiguen incansablemente para lograr jugosas noticias. Estamos ante una implacable “caza de brujas” porque hay que llenar las páginas de los periódicos y revistas, los noticieros en radio y televisión. El escándalo se vende y hay que conseguirlo como sea.

Por ejemplo, un fotógrafo es capaz de pasar mil peripecias con tal de conseguir a su personaje desnudo y en una postura ridícula, o comprando cigarrillos de tal forma que parezca un vulgar consumidor de droga. Un periodista (fiel a la consigna de no permitir que una verdad estropee una buena noticia) explotará la foto agregándole sal y pimienta, agrandando una frase escueta hasta convertirla en un serial en capítulos y persiguiendo a su “presa” hasta hacerla caer en la desesperación; luego se arreglará para que la desesperación se vea como un síntoma indudable de corrupción.

¿Que no todos los periodistas son así? Bendito sea. Aquí sólo hablamos de los buscadores de corrupción, de los que -como es lógico- tampoco se salvan de ella.

Desgraciadamente, esta ansiedad por encontrar y denunciar lo corrupto, destruye como una plaga de langostas que no miran por dónde pisan. Lo importante es hallar algo que se ajuste al modelo establecido, y si no se lo encuentra, se hurga hasta el fondo con tal de que asome algún atisbo de escándalo.

El desprestigio es norma de valoración moral. Nadie se detiene en las ideas y en los hechos positivos; hay que dar con algún romance acabado hace decenios o algún negocio fallido en la juventud. Y ya tenemos al corrupto en la cartelera, al que no lo es tanto o no lo es para nada, o lo fue muy poco y hace mucho, pero que tiene la ímproba tarea de cubrir a los que lo son de verdad y ahora, a los que no pueden aparecer ante los ojos del público.

¿Quiénes denuncian la corrupción?

Cuando todo es corrupción, por lo visto algo o algunos quedan al margen: son aquellos que la denuncian. Y no debemos creer que sean exclusivamente los medios de comunicación ni los que en ellos trabajan, los descubridores y anunciadores del mal. También los medios son un medio, utilizado con más o menos habilidad para expandir los escándalos.

Lo interesante es dar con los que manejan los medios y hacen de la corrupción un negocio más. Porque lo curioso es comprobar que los denunciantes no están libres de corrupción: al contrario, en muchos casos la manejan para desviar la atención popular hacia otros asuntos de menos importancia aunque debidamente inflados; para ganarse la opinión pública favorable convirtiéndose en líderes de la integridad; para destruir enemigos políticos, religiosos o económicos; para que la corrupción de unos opaque la mayor corrupción de otros…

No; detrás de todo este montaje no hay una voluntad moralizadora ni un auténtico deseo de mejorar las sociedades. La moral no es un valor en alza, y por si quedara alguna duda, los que critican esos actos considerados denigrantes, días u horas después defienden acaloradamente la libertad de expresión en todos sus aspectos, el derecho a la homosexualidad o al consumo de drogas, la generosidad de ayudar con comisiones a los que requieren apoyo psicológico o financiero, la violencia como resultado de la violencia, la guerra sucia como respuesta a las vindicaciones de grupos y grupúsculos… Sí, defienden lo mismo que luego atacan como corrupción cuando así conviene mostrarlo.

Ante tal estado de cosas nos preguntamos: ¿Con qué criterio se mide la corrupción cuando no hay una referencia moral como punto de partida?

¿Estamos ante un fenómeno moderno?

Aunque desde estas páginas hemos explicado muchas veces los síntomas evidentes de decadencia de la llamada civilización occidental, no creemos que lo que ahora sucede sea una primicia en la Historia. Hubo muchos momentos en los que la corrupción hizo acto de presencia de manera más o menos masiva, coincidiendo, eso sí, con períodos bien claros de decadencia civilizatoria.

Cuando un organismo perece, sus partes se dividen, se separan hasta llegar a la descomposición y putrefacción. Es la hora de los corruptos, de los que saben aprovechar hasta la última gota de miseria moral para hacer de ella un negocio rentable.

No es un fenómeno nuevo porque la maldad humana no es nueva, si por la maldad entendemos en última instancia, la ignorancia de las  leyes inexorables de la Naturaleza. De acuerdo a las filosofías tradicionales, en nuestro mundo objetivo todo está sujeto a la ley de causa y efecto, de acción y reacción. Por lo tanto, no hay mal que no tenga una respuesta en concordancia, tarde o temprano. Sólo la ignorancia cree en la impunidad.

Lo que tiene de novedad la corrupción actual es la rapidez de difusión, la capacidad de extenderse como noticia de un rincón a otro de la Tierra, la inmediata posibilidad de culpar inocentes y disculpar pecadores, la fuerza para denunciar y dar a conocer y también para destruir sin remedio.

Pero antes como ahora, este tipo de corrupción no conlleva una solución simple ni inmediata.

¿Qué podemos hacer?

Hay soluciones prácticas y rápidas, pero relativamente superficiales y poco duraderas. Se puede denunciar -siguiendo la misma tónica de los que denuncian- todas las formas de corrupción, tanto las que se ven como las que se esconden púdicamente detrás de una fachada de moralidad.

Se pueden dar a conocer, si los medios lo permiten, todos los entramados secundarios -aunque tal vez los más potentes- que se escudan en la corrupción como fórmula de desprestigio de unos para conseguir la revalorización de otros.

Podemos quitar máscaras, pero lo fundamental es llegar a la causa que obliga a usar máscaras. Mientras no se promueva una verdadera transformación humana y el despertar activo de una conciencia superior y equilibrada, la corrupción seguirá existiendo. La labor es ardua y compleja, de largo alcance y gran paciencia, pues se trata de forjar a cada uno de los individuos que componen las sociedades, de modo de lograr hombres y grupos sanos, apoyados en valores morales estables y positivos.

No se trata de imponer castigos o de desatar el miedo: lo que se busca es descubrir la realidad con sus  leyes y poder actuar de acuerdo a ellas.

Es cierto que los seres humanos somos imperfectos y nos equivocamos muchas veces, pero tras la imperfección y el error subyace un deseo de perfección y armonía. Si en lugar de deificar los errores y propagarlos, se diese cabida al buen criterio y al sentido común, a las mínimas normas de humanismo, sería más sencillo salir de la hondonada en que nos debatimos y atisbar un poco de luz.

Una tarea así encuadra todo un proceso de educación formativa que comienza en los primeros días en que un ser llega a la vida.

Entonces la corrupción se detendría ante una barrera natural: el ejemplo mayoritario de quienes ni envenenan ni se dejan envenenar, ni sobornan ni se dejan sobornar. No haría falta más denuncia que el silencio reprobador de quienes no participan de la corrupción, ni pena más grande que la de no encontrar apoyo ni colaboración para destruir.

Puede que estas soluciones no sean un logro a corto plazo, pero son, sin duda, el comienzo necesario para que el logro anhelado se vuelva alguna vez realidad.

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