Cómo convertirse en un Hombre Nuevo

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 13-07-2017

Agradezco vuestra cordialidad. Una vez más tengo el placer de hablar aquí, en Lima. Para aquellos que vienen por primera vez a nuestra casa, querría hacer una pequeña aclaración que tal vez permita una mejor interpretación de lo que vamos a hablar. Nosotros, especialmente yo, jamás preparo una conferencia, sino que la voy improvisando, la voy creando frente a mi público. Creo que, de alguna manera, todos estamos un poco cansados de que se nos den las cosas envasadas, ya prehechas, como alimentos que estuvieran premasticados, es decir, que cuando vamos a asistir a una conferencia, el conferenciante saque un papel y lea algo que escribió él o cualquier otro sobre un determinado tema, y que cuando se le acabe el papel no pueda seguir hablando.

Nueva Acrópolis - El Hombre NuevoEn Nueva Acrópolis hemos desarrollado un arte muy viejo: el arte de la oratoria ciceroniana. Este arte de la vieja oratoria nos permite un contacto directo, nos permite un contacto humano entre aquel que habla y aquel que escucha. No existen papeles definitivos; hoy hablo yo, mañana pueden hablar muchos de los que hoy me están escuchando, y seré yo quien escuche o habrá otros que estarán escuchando.

Cuando Nueva Acrópolis promueve la filosofía a la manera clásica, cuando promueve ese tipo de comunicación humana, no está, de ninguna manera, inventando algo, sino que está tratando de recuperar un valor primordial que, desgraciadamente, estamos perdiendo, el poder contactar con nuestros hermanos, todos los hombres, todas las mujeres. Y el poder contactar, así mismo, con nuestro propio mundo interior, que nos va dictando, a través de preguntas y respuestas, las grandes claves de este entorno, de este universo que nos rodea.

Hoy hemos elegido un tema que consideramos de interés para todos. Nueva Acrópolis habla muchas veces sobre ello. Vamos a intentar explicar qué puede ser un Hombre Nuevo.

A través de nuestros estudios históricos hemos podido constatar que la Historia es cíclica, que toda la Naturaleza responde a ciclos: ciclos diurnos, ciclos nocturnos, veranos, inviernos, las mareas en el mar, los vientos… Todo nos habla de ciclos, de un ir y venir, de una especie de contracción y expansión de toda la Naturaleza. Nuestro propio corazón, en este momento, se está expandiendo y se está contrayendo, siguiendo su propio ciclo. Todos vivimos este ciclo natural, y la Historia no es algo abstracto, la Historia no es solamente ver un mármol o leer un libro. La Historia es, amigos, la acumulación de los hechos pasados, y es la extracción de una experiencia de esos hechos pasados. La Historia la han hecho otros hombres como nosotros y la estamos haciendo nosotros mismos.

Por tanto, si el Hombre forma parte de la Naturaleza, si el Hombre no es de ninguna manera algo extraño, una especie de ser aparte de todos los demás, el Hombre también será cíclico, el Hombre también tendrá ciclos dentro de sí. De ahí que las formas que hasta ahora sirvieron se van volviendo viejas. Cuando decimos que se van volviendo viejas, no lo decimos con ningún desprecio, sino que simplemente son como la ropa, como unos zapatos, que a medida que uno los usa se van volviendo viejos y surge la necesidad de cambiar de ropa y cambiar de zapatos. Pero cuando cambiamos de ropa y de zapatos, ¿cambiamos nosotros? No, en el fondo seguimos siendo exactamente los mismos, simplemente que antes calzábamos unos zapatos y ahora calzamos otros, o antes utilizábamos una ropa y ahora utilizamos otra.

Por eso Nueva Acrópolis marca esos dos sentidos. Por un lado el de permanencia, es decir, que el Hombre, como individuo, como ente individual de tipo espiritual, metafísico, ontológico, tiene una permanencia individual, y a nivel colectivo tiene una permanencia a través de la Historia; pero, por otro lado, utiliza diferentes medios, utiliza diferentes formas para poder sobrevivir en su entorno, para poder comunicarse con los demás, para poder llegar a comunicarse consigo mismo, que es lo fundamental, porque si uno no se comunica consigo mismo, mal se puede comunicar con los demás.

Desgraciadamente, nuestro siglo ha visto el apogeo de los sistemas, el creer que un determinado sistema, ya sea político, económico, social, religioso, puede solucionar sus problemas. Pero, si esta pared es sólida, es porque está hecha de ladrillos o de material sólido; no podemos hacer una pared sólida con ladrillos de mantequilla. Necesitamos material sólido para hacer una pared sólida que pueda sostener un techo sólido que nos cobije a todos. Y para poder hacer una nueva Humanidad, para poder seguir con nuestro destino histórico, para poder seguir un nuevo ritmo en un nuevo ciclo, necesitamos no solo sistemas, necesitamos hombres y mujeres que sean nuevos, que sean diferentes, que tengan fuerza, que tengan valor, que tengan fe.

Una nueva Humanidad, para ser nueva y para ser mejor, necesita, fundamentalmente, de hombres y mujeres mejores. Ahí entra la importancia del humilde trabajo que venimos realizando a través de unas ochenta sedes ubicadas en distintos países del mundo: en América, Europa y África[1]. Queremos recrear un núcleo filosófico. Pero cuando hablamos de lo filosófico, no entendemos la filosofía a la manera actual, sino a la manera clásica. En la época postcartesiana, después de Descartes, la filosofía produjo una fragmentación de la cultura, y la fragmentación de la cultura llevó a una fragmentación de la civilización. Por un lado se separó la política, por otro lado la religión, por otro la economía y por otro las distintas ciencias o disciplinas.

Nosotros buscamos recomponer nuevamente esta especie de rompecabezas, buscamos recomponerlo nuevamente, encajar otra vez una pieza con otra, encajar otra vez al Hombre con la ciudad en la que vive, la ciudad con el Estado, con el país en que se encuentra, el país con el planeta en donde está inmerso y todo ello en la Naturaleza. Para eso tenemos que pensar en un Hombre Nuevo, que no lo ha de ser tan solo de forma, sino también de contenido; un contenido que estará siempre de acuerdo con esa continuidad espiritual, ontológica, que caracteriza al Hombre. Este Hombre Nuevo que nosotros proponemos, esta hipótesis de trabajo que expresamos ante vosotros para que la toméis y podáis meditar y reflexionar sobre ella, es bastante interesante. Es poder recrear al Hombre, producir una alquimia en cada uno de los hombres, lograr aquello que estaba representado en el atanor alquímico.

El atanor alquímico era un instrumento que utilizaban los antiguos y que se decía que contenía los cuatro elementos básicos; decían que abajo estaba la sal, luego estaban los dos mercurios y por encima el azufre. Nosotros, de la misma manera, queremos percibir la realidad de esos cuatro elementos, los cuatro elementos que no son estrictamente físicos, sino que van más allá de lo que puede ser físico; elementos que serían el mundo físico, el mundo energético, el mundo emocional y el mundo mental.

Hasta ahora, en la época del Hombre Viejo, la educación se ha basado, sobre todo, en la parte intelectual. Hemos intelectualizado la vida, podemos decir cuál es la fórmula del agua, podemos decir por qué corren los ríos según las leyes físicas, pero no podemos explicar el ultérrimo porqué. Hay un misterio en el correr del agua, hay un misterio que tendríamos que retomar todos nosotros. Esa agua que estaba aprisionada en las nieves, en los hielos de las altas montañas, o esa nube que tan pequeña, minúscula, goza flotando en el aire, cae un día a la tierra y cuando cae a la tierra, esa agua sabe dónde tiene que ir. Eso es importantísimo; aunque se le presenten inconvenientes, aunque se la embalse, aunque se la canalice, de cualquier manera, tarde o temprano, esa agua irá al mar, al mar que la está esperando, para convertirse otra vez en nube, para caer otra vez en un nuevo ciclo.

El Hombre Viejo ha olvidado esa vida natural de saber de dónde viene y adónde va. Nosotros venimos del misterio, venimos de Dios, venimos de lo metafísico, no tenemos que avergonzarnos de ello, al contrario, tenemos que avergonzarnos cuando nos dicen que venimos de un homínido que una vez levantó la cabeza porque tenía hambre y de golpe se convirtió en Hombre; eso no está comprobado. Más allá de este robot de carne que tenemos –que contiene unos tubitos para llevar líquidos que se llaman arterias, o se llaman venas, que tiene unos cables de comunicación que se llaman nervios, que tiene una serie de cuerdas que tiran que se llaman músculos, que tiene elementos fijos y sólidos, metálicos además, que se llaman huesos-, más allá de este robot que tenemos puesto, me estáis viendo a mí a través de lo que yo os estoy hablando, me estáis viendo a mí a través de lo que yo voy describiendo poco a poco de mi ser interior; ese soy yo, no lo otro, no lo que está fuera.

El Hombre Nuevo debe retomar ese sentido de la Historia, ese sentido natural del individuo, con la misma naturalidad con que el agua de lluvia va a la tierra, con la misma naturalidad con que la piedra va al suelo, sin dudas. El Hombre Nuevo debe ir hacia su destino, debe poder percibir aquello metafísico que está más allá de todos nosotros.

Antes de que tuvieseis la bondad de llenar esta sala, estábamos recorriendo el jardín que está en la parte de atrás y veíamos unas plantas que tienen una especie de flotadores naturales que las mantienen sobre la superficie del agua, y les decía yo a mis discípulos: «¡Y pensar que hay gente que cree que esto es casualidad!». Esto está pensado, pensado por Alguien, pensado por Algo que está más allá de lo que puede estar escrito en determinados libros religiosos, tantas veces alterados por las políticas humanas, por las circunstancias históricas. Es una realidad incontrastable la existencia de una gran Inteligencia Cósmica que ha mandado hacer todas las cosas. ¿Visteis caer las semillas, esas que tienen unos pequeños apéndices que les permiten dar vueltas en el aire, girar y alejarse del árbol en el cual estaban? Así, la Inteligencia Universal ha dado a esa pequeña semilla la capacidad de volar, antes de que el Hombre aprendiese a volar.

El verdadero filósofo, ese Hombre Nuevo, precisa leer, claro; precisa cultura. Pero ese Hombre Nuevo no solamente lee a Platón, a Aristóteles, a Kant, a Heidegger. Ese Hombre Nuevo lee la Naturaleza, lee en sí mismo, mira sus propias manos y de qué forma están diseñadas, mira al cielo, mira las montañas, mira a sus semejantes y no los mira como un entorno absurdo, sino que los mira con una sana intención de interpretar para poder llegar a una verdad, para poder llegar a una verdadera comprensión de las cosas.

Ese Hombre Nuevo debe desarrollar, paralelamente con esta vivencia interior, un nuevo concepto de la convivencia entre los hombres, un nuevo concepto, por ejemplo, de las razones políticas. Hay algo ilógico en nuestro mundo, pero como estamos acostumbrados, lo aceptamos todo. Si queremos entrar a trabajar en algún banco o en una industria, nos piden un currículum, hemos de tener un antecedente, hemos de tener un estudio. Y si para trabajar en un banco hace falta tener conocimientos bancarios, y si para trabajar como médico hace falta haber estudiado medicina, y si para ser abogado hace falta ser erudito en leyes, y si para ser militar hay que tener un conocimiento sobre táctica y estrategia, y si para ser sacerdote hay que estudiar teología, ¿cómo puede ser que se improvisen los Presidentes, los jefes de los pueblos, simplemente porque la gente los vota basándose en una propaganda generalmente financiada, generalmente movida por intereses que muchas veces son ajenos a las propias naciones?

Hace falta conformar un nuevo sentido de ideas políticas, en el cual los hombres que rijan los pueblos estén preparados para regir los pueblos. Política significa precisamente eso, viene de la palabra politeia, «la capacidad de poder gobernar, conducir un Estado».

Y hace falta un nuevo concepto sobre qué es ciencia. La ciencia y el poder del conocimiento de la Naturaleza no deben estar tampoco al servicio puramente de los intereses creados, no deben estar al servicio de la destrucción. La ciencia tiene que estar al servicio de la humanidad, de la curación, del amor entre los Hombres; una ciencia abierta que sea capaz de entender las cosas; una ciencia que parta, tal cual lo mandan las cláusulas clásicas, de la hipótesis para llegar luego a una teoría del conocimiento. Pero no se debe improvisar una teoría del conocimiento basada, simplemente, en una experimentación que suele no ser suficiente. Hay que variar el concepto que tenemos de ciencia y no hay que despreciar lo que los antiguos sabían.

Yo he recorrido las pirámides de Egipto, los templos de Grecia, los templos de Roma, y muchos de vosotros también los conoceréis. Esas obras enormes, esas obras que nos sobrecogen, son grandes obras que fueron hechas por científicos, por arquitectos, por astrónomos. ¿Sabíais que la orientación de la base meridiana, con relación al Norte terrestre, de la Gran Pirámide de Keops, tiene tan solo 5′ de error? Hoy sabemos que sin medios ópticos de medición no hay posibilidad de lograr un error inferior a 18′, que es el logrado en el observatorio de París. Este es un error 13′ mayor que el de la Gran Pirámide de Keops, es decir, que existía una técnica extraordinariamente avanzada. ¿Por qué perder todo eso, simplemente porque es antiguo? No. La vejez no da valor, ni tampoco lo resta. Platón nos decía: «Canas, argumentos de vejez son, mas no de sabiduría». Y tenía razón, un hombre puede ser muy viejo y muy tonto, y puede ser muy viejo y muy sabio. Lo antiguo no sería argumento ni de sabiduría ni de ignorancia. Allí donde el filósofo descubre la verdad, allí debe proclamarla. Hace falta, por tanto, la recreación de esa nueva ciencia.

Lo mismo que decimos de la política y la ciencia, lo podemos decir del arte. Hoy se identifica arte con la capacidad creativa, y hace algunos años en París ganó un concurso de pintura un mono amaestrado que tiraba huevos contra una pared. «No, es que es un arte surrealista…» nos dirían los críticos. Eso no es surrealista, eso es una payasada. Para saber arte es necesario estudiar arte. Para poder pintar los originales de estos murales que veis aquí –estas son réplicas– hace falta un estudio, una interpretación de la Naturaleza.

Tenemos que volver a estudiar, tenemos que volver a atrevernos a interpretar la Naturaleza si queremos hacer una buena pintura, una pintura que no solamente la entiendan aquellos que están al lado nuestro, y a los cuales se la explicamos, sino una pintura que puedan entender las generaciones futuras, que pueda representar algo. Cuando hoy vamos a los museos y vemos la Venus de Milo o una escultura de Praxíteles, no hace falta que nadie nos explique que eso es bello, lo descubrimos naturalmente bello, y sin embargo, han pasado veinticinco siglos desde que la hicieron.

Necesitamos recrear un arte nuevo, que no se base en lo pornográfico, un arte que no se base en lo peor de la vida, porque para nuestra desgracia lo peor lo conocemos todos, sino un arte que nos dé algo mejor, que nos eleve, un arte que nos permita participar, un arte en el cual aquellos que estén viendo la escena, como en el teatro griego, puedan participar, aunque sea con sus aplausos: hace falta devolver al Hombre su protagonismo. Nos han puesto una caja delante que se llama televisión o que se llama radio, por la cual el Hombre cree tener aventuras, pero después de observar los actos heroicos y todas las aventuras, se va a dormir tranquilamente, tranquilo, ya ha vivido. ¡Eso no es vivir! Eso es observar la vida. Una cosa es vivir y otra cosa es observar la vida.

Nos han convertido en espectadores, espectadores en lo político, en lo social, espectadores en lo económico, espectadores en lo artístico, espectadores en lo científico. El Hombre Nuevo quiere retomar un protagonismo, quiere volver a ser el que fue y el que será mañana. Debemos tratar de subir al carro de la Historia y no ser arrastrados por él, debemos tratar de tener nuestro verdadero protagonismo. Cada uno de nosotros, por humildes que seamos, por pobres que seamos, por ignorantes que seamos, por solos que estemos, tenemos fuerza, tenemos sueños, tenemos proyectos, tenemos algo dentro. No dejemos marchitar eso que tenemos dentro.

Suelo decir que en las ciudades que visito, lo más triste que veo no son los cementerios; allí están los cuerpos, los robots ya usados, ya rotos. Lo más triste de todo son los cementerios de sueños, son las páginas que nunca escribimos, los versos que nunca nos atrevimos a poner en una pluma, la música que nunca nos atrevimos a cantar, ese beso fraterno que nunca nos atrevimos a dar, la opinión clara y simple que nunca nos atrevimos tampoco a expresar.

El Hombre Nuevo es una concepción histórica y humanista que reconquista el valor para el Hombre. El Hombre Nuevo es un hombre valiente, el Hombre Nuevo no hace culto a la fealdad, ni a la cobardía, sino a la belleza y al amor. Al Hombre Nuevo no se le puede comprar con oro, no se le puede aplastar con plomo, porque el Hombre Nuevo sabe que la vida que tiene, de cualquier manera la perderá. Tal vez la tenga de nuevo, como dicen los teóricos de la reencarnación, tal vez la reencarnación sea un hecho, pero lo sea o no lo sea, este cuerpo lo hemos de perder todos, y si lo hemos de perder todos, ¿no es mejor perderlo en una acción gloriosa?, ¿no es mejor perderlo en un trabajo cotidiano fértil?, ¿no es mejor perderlo en bien de la Humanidad y de la cultura verdadera, que no perderlo estúpidamente mientras pasan los años, desgranados uno a uno, como si fuesen simplemente arena que cae en un viejo reloj?

Queremos para nuestras horas ese protagonismo, queremos estar despiertos cuando estemos despiertos y queremos estar despiertos interiormente cuando estamos dormidos. El Hombre Nuevo tiene ese ideal de protagonismo histórico y de protagonismo individual.

Nueva Acrópolis permite un método natural, un contacto directo, para que todos podamos participar de este estado del Hombre Nuevo. El Hombre Nuevo no es el niño que va a nacer mañana, el Hombre Nuevo es un estado de ánimo; se puede ser Hombre Nuevo teniendo noventa años y se puede ser un Hombre Viejo teniendo veinte años. El Hombre Nuevo no solamente vendrá, sino que el Hombre Nuevo se puede lograr ya, ahora, aquí, si entendemos realmente lo que es esta novedad, si entendemos que esta novedad está en el mejoramiento y la potenciación de todo aquello que tenemos dentro. Tenemos que vencer nuestra flojera, nuestra tendencia a no hacer las cosas. Además de ser valientes, debemos ser trabajadores y debemos ser tenaces. Tenemos que perder esa costumbre de hablar «en difícil», de decir extrañas palabras; hemos de hablar fácil, claro, para que todos nos puedan entender.

Yo no os he hablado de la «hipóstasis» ni del «noúmeno», yo os he hablado, para que todos nos entendamos, de un robot que tenemos puesto encima; porque lo que yo quiero, no es que cuando termine esta pequeña charla me digan: «¡Habló bien! ¡Qué dominio de la terminología filosófica!», sino que quiero que digan: «Me sirvió de algo, escuché algo que tal vez me pueda ser útil en la vida». Sé que no lo van a decir todos; con que lo diga uno, me basta. Me basta con que alguien sienta en el corazón esa proposición de concordia -que no de igualdad–. La igualdad no existe en la Naturaleza, no hay dos cosas iguales, ninguno de nuestros rostros son iguales, ninguna de las hojas de un árbol son iguales, la igualdad es otra gran mentira del sistema. No existe la igualdad, existe simplemente una concordia, una equivalencia moral, pero no una chata igualdad que nos diluya, que nos quite nuestra verdadera personalidad, que nos mecanice, que nos robotice.

Debemos ser mujeres y hombres, damas y caballeros, debemos recoger esas viejas cosechas del pasado y proyectarlas hacia el futuro. Nuestro mundo está en crisis, nuestra civilización se tambalea. A medida que se vacían las iglesias se llenan los supermercados, y la mitad de la humanidad, sin embargo, tiene hambre y no tiene donde cobijarse realmente. Mientras tanto, los teóricos siguen dando sus clases de psicología, siguen presentando sus sistemas de salvación y de distribución de la riqueza, no dándose cuenta de que ya no hay más riquezas que distribuir. Si aquí, ahora, tuviésemos una tarta, y la distribuyésemos entre todos nosotros, nos tendríamos que convertir en pajaritos, porque lo que nos iba a quedar es una migaja a cada uno. Lo importante no es distribuir la riqueza, lo importante es primero tener la riqueza, generar riqueza, trabajar, producir, tener el valor de hacer rendir a la Naturaleza que nos rodea y hacernos rendir a nosotros mismos. Tenemos que reconstruir la riqueza física, psicológica y espiritual, y así, todos nosotros nos sentiremos abarcados por esa fuerza incontenible, por esa fuerza que marcha hacia el horizonte, ese horizonte desde el cual nos espera el Hombre Nuevo.

Para estas nuevas ideas, para estos nuevos conceptos, para esta proposición de una moralidad nueva, para esta proposición de pasar por encima de la violencia inútil, de la pornografía, de la confusión, se presentan grandes dificultades, montañas de dificultades, gigantes de dificultades que baten sus brazos en el horizonte del futuro. Pero yo os digo, como aquel personaje de Cervantes, que hay gigantes que al arremeterlos se convierten en molinos de viento. Serán los molinos que molerán el nuevo trigo, que harán el nuevo pan que alimente al Hombre Nuevo. Tengamos fuerza, tengamos paz en nuestro corazón, trabajo en nuestras manos, ilusión. Tengamos imaginación, tengamos fantasía, volvamos a expresar esos versos que nunca expresamos. Tenemos que extraer la belleza que nunca nos atrevimos a extraer. Tenemos que poder expresar la verdad, la verdad que nunca supimos decir. Tenemos que recrear un mundo, reforzar una civilización.

[1] Nota del editor: Ese dato corresponde a 1983. En 2017 Nueva Acrópolis tiene más de 450 sedes en los cinco continentes.

Créditos de las imágenes: Shurya

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Referencias del artículo
Conferencia dictada el 19 de enero de 1983 en la sede de Nueva Acrópolis, Lima, Perú.

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