Cómo ser un idealista

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-04-2026

Comúnmente la palabra idealismo se refiere a gente que contrapone las ideas a todo el resto de las cosas, o sea, que el idealismo para esa gente sería una especie de globo que se levanta por encima del mundo, se eleva, se despega del mundo. De ahí que los idealistas tengan fama de no tener relación con las cosas del mundo, ni con la economía, ni con política, ni con sociología, con ninguna cosa. Idealismo es para el común de la gente algo subjetivo, algo totalmente subjetivo, gente que sueña maravillas, maravillas imposibles, que no son reales.

En cambio, nosotros como filósofos pensamos que el idealismo es otra cosa; el idealismo no sería un globo sino una tendencia ascendente en la conciencia dentro de la pirámide, que forman nuestros distintos vehículos o cuerpos. Estaría en la cúspide de la pirámide la idea del espíritu y en la base de la pirámide la parte material. Pero espíritu y materia no están contrapuestos, sino que como en un atanor alquímico en donde la parte más pesada, al darle fuego, el fuego del entusiasmo filosófico, se va transmutando poco a poco hasta convertirse en el fuego de la resurrección, o el Fénix, que se eleva. La parte de abajo del atanor es la sal; después de la sal viene mercurio –mercurio inferior, mercurio superior–, después de esto viene azufre y de ahí viene el fuego, el fuego de la resurrección del Fénix. O sea, que haría una línea continua ascendente. De ahí que tendríamos que ver cómo podríamos hacer para ser unos idealistas, para ser buenos idealistas.

Ser idealista

¿Qué tenemos que hacer para ser buenos idealistas?

Sabemos que tenemos varios cuerpos, varios vehículos: un vehículo más material, Sthûla Sharîra en sánscrito, o sea, cuerpo físico; uno más superior, pránico o energético; luego el astral o emocional; Kama-Manas o la mente inferior; la mente superior, que sería Manas; la parte intuicional interna, que sería Budhi y la parte misteriosa, a la que simplemente le damos nombre, por darle un nombre, que es el espíritu o Âtmâ. Estos tres últimos forman el cuerpo causal y son inmortales absolutos. Los cuatro primeros son los cuerpos mortales.

El idealista tiene que ir liberándose de todo lo que sea material y pesado a través de todos ellos, que son como escalones. Hay que subir uno a uno los escalones, nadie puede por arte de magia pasar del primero al último. ¡Sería muy bueno, sería maravilloso! Pero no es verdad, la verdad es que hay que pasar por diferentes grados con gran esfuerzo, con gran trabajo, con la atención siempre centrada hacia un lugar, sin perder nunca el punto de mira. Cuando uno olvida ese punto de mira, uno cae de costado, tropieza y otra vez tiene que subir´. La atención es fundamental.

Para ser un buen idealista en la parte física debemos tener ante todo una higiene física, que comienza por lo más simple: estar siempre limpio, bien bañado, bien vestido (cuando digo bien vestido no digo lujosamente vestidos, sino correctamente vestidos), llevar una vida normal, natural, ecológica; en lo posible rodearse de los mejores elementos que tengamos. Si podemos tener madera, vamos a elegir madera y no plástico; si podemos tener un pequeño jardín, vamos a tener un jardín para nuestros hermanos vegetales; en lo posible no vamos a destruir vida alguna, dentro de lo que se pueda, aunque a veces hay que destruir. El Buda dijo que aunque nos alimentásemos de granos de sal, destruiríamos los granos de sal; o sea, que cuando uno está manifestado es imposible vivir sin destruir, todo lo que esté manifestado se destruirá. Pero dentro de esa destrucción tenemos que tratar de tener la mayor limpieza, la mayor higiene, la mayor armonía.

En la parte vital o pránica, tratar de llevar una vida en lo posible sana; no dormir demasiado ni dormir poco, si uno duerme mucho se va embotando, se va volviendo tonto y si uno duerme muy poco queda nervioso. No hay que estar ni en un lado ni el otro, sino en el punto medio. Tener una alimentación media, no comer ni mucho ni poco. No creer que todos somos iguales; la igualdad es un mito del siglo XX. Con eso no quiero decir que uno sea más que otro, diferentes nada más.

Entonces, el filósofo no debe decir a los demás qué deben comer, ni meterse en la vida privada; la vida privada es responsabilidad de cada uno, individual de cada uno. Porque tal vez a mí me gusta comer comida italiana, yo soy italiano, y entonces me gusta comer comida italiana, pero a un señor que es inglés le gusta la comida inglesa y a un japonés la comida japonesa. Y yo no puedo decir: «¡Ahora todo el mundo dieta mediterránea o italiana!»; no puede ser. O que un hindú diga: «Bueno, la comida más espiritual es la comida de la India, todo el mundo comerá nada más que verdura, comerá verde nada más». Para un hindú la vaca será sagrada, para nosotros es tan sagrada como pueda ser la Coca-Cola; Dios está en todas las cosas, porque si Dios no estuviese en esta Coca-Cola, esta Coca-Cola limitaría a Dios. Filosóficamente Dios tiene que estar en la Coca-Cola, tiene que estar en la puerta, tiene que estar en vosotros. Para nosotros no hay cosas especialmente sagradas, todo es sagrado. Esa forma de vida natural, esa forma de vida desconflictuada es lo que nos permite tener energía, una energía bastante poderosa.

Luego, necesitamos también llegar a la parte emocional, no podemos evitar tener emociones. Vuelvo a decir que estamos encarnados, somos seres humanos, pero podemos elegir las emociones, tratar de compensar las emociones bajas con alguna emoción alta. Las emociones no se combaten con ideas, las emociones se combaten con emociones. O sea, si hay una emoción baja, se combate con una emoción alta, que la puede dar el arte, que la puede dar una verdadera amistad, un verdadero amor; con eso se combate, no con la razón. Porque cuando terminas de razonar sigue la emoción igual; en cambio, transmutando la emoción, llevándola hacia arriba es como nosotros podemos vencer las emociones inferiores, y tener emociones superiores que podamos compartir y que nos sirvan como una especie de instrumento para poder ascender. No hay que tener vergüenza de tener emociones. El ideal filosófico no es el hombre o la mujer fría que vean lo que vean no pasa nada; eso son estatuas y para estatuas yo prefiero ir a un museo y ver estatuas griegas. Mejor para los hombres es que se emocionen con una salida de sol, que se emocionen con una música, con una poesía, que tengan emociones elevadas, que sea un ser humano y no una máquina.

De ahí pasaríamos a la mente concreta. Esta mente concreta, esta mente inferior, aplicada a lo objetivo nos debe hacer prácticos en la vida. No estamos en un momento histórico como para estar en largas meditaciones y contemplaciones. A veces la gente dice: «Pero yo he leído que en la India hace dos mil o tres mil años había gran cantidad de gente que meditaba». Ya pasó; hoy no estamos en la India, ni hace dos mil o tres mil años, hoy hay otras necesidades en el mundo. Hoy el que se retira a meditar es un egoísta porque trata de liberarse él, y se olvida de la gente que necesita de él; él no produce, consume, y dice: «Qué bueno que lo espiritual produce». En este momento histórico hay tales necesidades concretas que no nos podemos permitir el lujo espiritual de vivir en un mundo superior, cuando hay millones y millones de personas que no tienen comida, que no tienen techo, que no tienen cultura y que no tienen futuro ni justicia. No podemos estar así, como unos brahmanes que ven a un paria que se está muriendo de hambre y se escudan con la doctrina del karma. «¡Yo creo en el karma!». Pero cuidado, ¿qué karma habrá hecho ese hombre para tener tanta hambre? ¡Qué karma terrible! «¡Oh, mira se está muriendo de hambre!». Ha visto a un humano cómo se muere de hambre. ¡Qué karma tan terrible! La muerte es el fin de todas las cosas. Eso lo dijo Krishna en el Bhagavad Gîtâ. Ya se murió, queremos que renazca bien, elevemos la mente para que ese humano tenga mejor nacimiento otra vez».

Mis queridos oyentes, eso ya no tiene raíz. Eso es una actitud egoísta, pseudoelitista que lo único que hace es separarse del mundo, para que el mundo se hastíe. Es una actitud cobarde. Nosotros los filósofos idealistas debemos comprometernos con el mundo de una manera elevada, pero comprometernos con el mundo de todo corazón, sin esperar reconocimientos, sin esperar pagos, sin esperar condecoraciones. Hacerlo porque a uno le sale del corazón, porque tiene que hacerlo y porque el momento histórico nos marca que lo tenemos que hacer.

Hoy es más espiritual el hombre que hace bien esta puerta o una cadena, que el hombre que se lo pasa meditando sobre el monte Meru; que ni tampoco sabe dónde está el monte Meru, ni sabe que el monte Meru no es material; pero, ¡no importa! Se identifica el monte Meru con el Himalaya, con los Andes o con cualquier otra cosa. El monte Meru no es material, pero igual como necesitan algo material, piensan eso; como cuando se habla de la jerarquía de los Maestros y se piensa que es una especie de «club de los Leones» o un Country club que se mueve de aquí para acá. Él dice: «La Logia Blanca pasó de India a Perú y, claro, después de Perú pasó a otra parte». Perú no es Meru, sino que Perú es un país. Él cree que la Logia Blanca es una especie de club que se va de aquí a allá, como si estuviesen jugando al fútbol; se pasan el balón: India pasa a América, América pasa a Australia, Australia pasa a Europa… O sea, andan como en un juego. Son gente de mentalidad simple, infantil, están jugando, no saben de lo que están hablando y cuando alguien no sabe de lo que está hablando es mejor callarse. Si me van a preguntar dónde está la Jerarquía Blanca, yo no sé. Yo sé que ahora nosotros estamos aquí, y donde esté la Jerarquía Blanca es problema de la Jerarquía Blanca. ¡Yo no soy la Jerarquía Blanca!, ni de la blanca ni de la verde. Soy un filósofo, no pretendo ninguna cosa más, simplemente un filósofo que trata de buscar la verdad porque ignora muchas cosas, que trata de que haya muchos, sobre todo jóvenes, que busquen la verdad más allá de las mentiras.

De ahí pasamos a la mente superior o Manas. Es la que nos hace concebir las ideas fundamentales, los verdaderos ideales, las ideas puras; nos hace concebir el bien, la belleza, la amistad. Todas las cosas superiores las vamos a concebir con Manas. Manas nos va a permitir aun razonar sobre los problemas fundamentales del hombre, de la Naturaleza y de Dios. ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué es este entorno mío?, ¿existe Dios?, ¿existen otras humanidades?, ¿existen otras líneas de vida como los elementales? Todas estas preguntas… Ahí está el filósofo verdaderamente, está en quien pregunta, porque todos somos filósofos, todos nacemos filósofos. Cuando somos niños todos preguntamos: «¿Qué son los árboles?, ¿cómo nació el hermanito?, ¿qué es el Sol?». Todos somos filósofos naturalmente. Después, cuando crecemos el mundo nos va materializando, perdemos esa frescura y tenemos vergüenza de preguntar: «¿Qué son las estrellas?, ¿por qué he nacido?».

–¡Por favor!, esas son preguntas infantiles. Si alguien le pregunta: «¿Por qué he nacido?, levanta elegantemente la ceja izquierda y dice: «¡Oh!», pone cara de sabio y dice: «Bueno, eso es infantil». No se contesta tampoco. Hay que tener cuidado porque aquí está la vanidad, el gran problema de la vanidad que llamaban los antiguos ocultistas la «cámara de los espejos», donde el hombre se ve multiplicado muchas, muchas veces; cuando él es uno, se ve mil, un millón. Entonces empieza la vanidad. Él dice una palabra más, y cree que dijo mil palabras; él escribe un libro más, y cree que escribió diez libros; él pintó un cuadro, pero en su imaginación pintó cien cuadros; él hizo una poesía más, y en su locura cree que hizo mil poesías. ¡Cuidado!, ese es el círculo de la vanidad que provoca la cámara de los espejos, eso los ocultistas antiguos lo conocían muy bien. En los Misterios de Egipto era llamado la «cámara de los espejos de lapislázuli».

Más para acá cada vez se torna más misterioso esto. Está esa parte intuicional, nuestro contacto misterioso con los anales akásicos, con el destino, con la voluntad de Dios. A veces hay gente que en momentos siente esa intuición, o a través del arte tenemos a veces esa intuición artística. Uno ve el Partenón y lo ve bello y armonioso, y no hace falta que lo mida y vea que está proporcionado, no. Es hermoso, no hace falta que lo razone, después tal vez. Después cuando lo ve hermoso dirá: «Qué raro, ¿por qué es tan hermoso?». Entonces va a ver que hay una proporción numérica, que hay una proporción áurica, pero la intuición es así. Cuando escuchamos música de Wagner, Beethoven, Mozart no hace falta saber musicología, ni hace falta saber qué orquesta la está interpretando. Sentimos eso y parece que nos golpea el alma, estamos elevándonos con esa música y después nos preguntamos si fue grabado en Londres o en París; lo primero es esa intuición de lo bello, lo justo y lo bueno como dice Platón.

Y por encima de todo, el gran enigma, la causa de todas las cosas, la luz que hace que todas las cosas se vean, se distingan, el espíritu del hombre está ahí ensalzado en la mente de Dios, o sea, en el Tripe Logos; aquí estaría el espíritu individual. O sea, esto sería el cuaternario, esto sería la tríada y eso sería el Logos, con su primer Logos, su segundo Logos y su tercer Logos. O sea, Atma, el espíritu estaría insertado en el tercer Logos, en el tercer aspecto de la Divinidad llamado en sánscrito ManasTaijasi o Mahat; no confundir con la diosa de la justicia egipcia que tiene significado parecido pero no es lo mismo.

La suma de todo esto, la suma de toda esta corriente ascensional, la voluntad de victoria a través de todos estos peldaños, la voluntad de victoria y el trabajo continuado es lo que hace a un buen idealista en el verdadero sentido de la palabra; no en el sentido común, en el que el idealista es un hombre despistado, que no le importa el mundo, que no le importa la familia, que no le importa la gente que se muere de hambre, que no le importa la sociedad, que no le importa la política, no, no. El verdadero idealista como fue Platón, como fue Pitágoras, como fueron todos los grandes hombres, los iniciados, que tuvieron preocupaciones tanto por las cosas directamente de Dios, como por la República, por las cosas terrestres, por las virtudes y defectos de los hombres, eso es entonces el idealismo, eso es entonces el idealismo que nosotros proponemos y que tratamos de vivir dentro de Nueva Acrópolis.

El verdadero filósofo piensa así en todas las cosas superiores, pero trata de plasmarlo en la tierra, en todos los aspectos, tratando de ser una persona buena, una persona justa, una persona honrada, no teniendo grandes vicios; en fin, lo básico, la higiene básica que hace falta para poder ascender. Nadie puede sostener un capitel sin tener una columna debajo.

Yo deseo a todos los que tuvieron la paciencia de escucharme en español, que hayan podido comprenderme, aunque sea en parte de lo que dije y puedan meditarlo un poco, reflexionarlo, tratar de aplicarlo a la vida diaria, y si eso les va bien no creerse tampoco héroes, no decir: «Yo soy un héroe, soy un liberado, me he llegado a bañar todos los días».

Un hombre en Argentina, que fue el que fundó el primero de nuestros museos arqueológicos, me dio una enseñanza que creo que es buena, él me dijo: «Si un día te invitan a la mesa del rey, es mejor sentarse bien lejos y que el rey diga: ‘¿Por qué fulano de tal, que se sienta lejos, no se sienta más cerca?’. Y no sentarse al lado del rey y que el rey diga: ‘¿Y este por qué está aquí al lado mío?». Esa es la humildad básica que necesitamos. Es mejor que la gente diga: «No se dice sabio, no se dice iluminado, no se dice maestro, no se dice gurú; pero habla bien, trabaja bien, es honrado, es bueno, es buena persona, debe ser más de lo que está diciendo». Y no decir: «Yo soy un iniciado del quinto o sexto peldaño, yo soy un adepto terrible, yo subí y bajé al monte Meru; y subiendo, caminando, bajando, fui al fondo del mar, vi las estrellas, los platos voladores me llevaron a otro planeta y aquí estoy». Y entonces claro, la gente ve eso y dice: «Pobre desgraciado, ese está loco», porque después le ven a uno su parte humana.

Bueno eso es lo que querría que reflexionaran un poco todos. Agradezco que me hayan escuchado. Gracias.

 

Créditos de las imágenes: Eli DeFaria

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Referencias del artículo

Conferencia impartida en la sede de Nueva Acrópolis, en São Paulo, Brasil, el 3 de marzo de 1988.

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