Cambios de personalidad

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 29-11-2014

cambios_personalidadFrente a algunos de los problemas que aquejan a las sociedades actuales, se han elaborado una buena cantidad de estudios sobre los cambios que la personalidad humana puede llegar a experimentar. Y eso, evidentemente, nos interesa a todos.

Sin embargo, es difícil y complejo definir qué es la personalidad y, por lo mismo, no resulta sencillo establecer cuáles son los factores que alteran la personalidad, y si dichos factores son externos, internos del hombre o mixtos. Ni tampoco es fácil decidir si todo cambio de la personalidad es necesariamente patológico.

Situaciones límite derivan de la falta de seguridad en la vida y en uno mismo, de la lucha desencarnada por la supervivencia física, de las guerrillas y del terrorismo que asoman por todas partes. Sectas y fanatismos religiosos, enfrentamientos políticos, ambición de poder y otras varias plagas similares hacen que la personalidad humana no tenga asideros firmes y, por lo tanto, no se desarrolle normalmente. De allí la fragilidad que posibilita cualquier distorsión.

Qué es la personalidad

No es nuestra intención hacer un repaso de las múltiples teorías que se han planteado a lo largo de la Historia. De manera un tanto general, se suele aceptar que la personalidad es un producto de la formación y evolución del ser humano, a partir de dos factores previos y básicos: el temperamento y el carácter. El temperamento, como bien lo explicaba ya Hipócrates –temperamentos flemático, sanguíneo, melancólico o colérico–, depende de un estado orgánico congénito, que permite expresarse al individuo espontáneamente frente al mundo exterior.

El carácter es consecuencia de una elaboración paulatina en la que el individuo regula las presiones del temperamento y los instintos, determinando una conducta y unos propósitos, los que, lógicamente, pueden variar en función de la educación y de las relaciones de cada persona con los demás y con su medio circundante.

En cuanto a la personalidad, requiere a la conciencia como centro, para mejorar más aún ese entramado de elementos constitutivos que llegan a distinguir a una persona de las demás. Indica una integración de hábitos, actitudes, ideas, memoria, motivaciones, pautas de acción…, donde encajan las conductas dirigidas hacia el exterior y observables, y otras internas que no siempre se dejan ver (emociones, ideas, etc.).

Ya Cicerón, amante de las ideas platónicas y aristotélicas, definía la personalidad de cuatro maneras diferentes que, sin embargo, se ajustan a las conceptuaciones actuales, más bien las psicológicas que las meramente biológicas. Para Cicerón, la personalidad es:

  • Una máscara (del griego persona, máscara), una apariencia que el ser humano utiliza para presentarse ante los demás.
  • Una meta, una finalidad humana.
  • Una responsabilidad que otorga dignidad.
  • Un conjunto de cualidades que hacen al ser humano digno de su condición.

Está de más recordar que, tanto para Cicerón como para muchos otros filósofos de su época, anteriores y posteriores, esas cualidades giran alrededor de la moderación, la autodisciplina, la prudencia, la tolerancia, la generosidad, la integridad moral; en síntesis, de la capacidad racional y espiritual de controlar los factores irracionales e instintivos propios de los animales.

Es probable que hoy ya no se consideren esos valores como los más significativos, pero, no obstante, nos inclinamos a pensar que la ausencia de tales valores es la que contribuye en buena manera a una dudosa constitución de la personalidad y a sus consiguientes perturbaciones.

La personalidad para la filosofía esotérica

Coincidiendo con lo que expresan los filósofos antiguos, la filosofía esotérica, que es la fuente universal que ha servido de fundamento a cientos de pensadores antiguos y modernos, presenta la personalidad como una máscara, pero no en el sentido peyorativo del concepto. La personalidad es la cobertura natural que asume el espíritu humano cuando se manifiesta en el mundo concreto. El espíritu necesita no solo una protección debido a su sutilidad, sino también un medio de expresión, y eso es la personalidad.

De acuerdo con estas doctrinas, está conformada por cuatro componentes de distinta naturaleza, y solo puede hablarse de una personalidad formada, integrada, sana, cuando esos componentes se armonizan por el esfuerzo de la voluntad y la inteligencia.

Hay que combinar:

  • El cuerpo físico, con todos los elementos orgánicos que lo constituyen.
  • La vitalidad, que es un atributo del cuerpo físico mientras está vivo, es decir, mientras está manifestado. El cuerpo muerto mantiene la forma por un tiempo, pero no la vitalidad.
  • La psiquis, con toda su riqueza de emociones, pasiones y sentimientos.
  • La mente, con sus capacidades latentes o desarrolladas de raciocinio y selección inteligente de ideas para hacer de ellas motores de acción.

Como vemos, no hay tanta diferencia entre aquellas definiciones y las actuales que se refieren a una integración de factores temperamentales biológicos, más los psicólogos y los intelectuales. Ni creemos que haya tampoco gran diferencia en el esfuerzo consciente que cada individuo ha de realizar para coordinar estos factores. La personalidad, pues, es cambiante en cuanto evoluciona, crece y se asienta a medida que el ser humano logra una mayor madurez.

Características de la personalidad: es cambiante y múltiple

Hoy se nos dice que la personalidad se caracteriza por ser un todo organizado pero de relativa estabilidad. Es decir, que, por momentos o en ciertas épocas de la vida, se puede conseguir una cierta organización estable, que tiende a desaparecer ante circunstancias especiales.

De igual modo, encontramos textos antiguos que reflejan la gran dificultad que entraña conseguir una personalidad equilibrada que se mantenga en ese estado, sin que nada llegue a alterarla, o que, al menos, esas alteraciones sean breves y de mínima relevancia. En el Bhagavad Gita, obra integrada en el grandioso Mahabharata hindú, su personaje central –el prototipo humano– se queja ante su maestro: “Porque la mente es inquieta, obstinada, impetuosa y violenta, y no cede fácilmente a la voluntad. Dominar la mente es lo mismo que dominar el viento: un imposible”.

Entonces llegan los sabios consejos que ayudan a dominar la mente, clave de la personalidad: ejercicio prolongado y continua atención, disciplina, vigilancia y paciencia, unidas a una invariable determinación.

Mientras tanto, y lejos de aquellos consejos, la estabilidad y dominio de la personalidad son fenómenos variables a los que hay que resignarse, o bien recurrir a paliativos que no remedian de raíz el problema.

¿Qué cambios podemos apreciar dentro de la llamada “normalidad”?:

  • Los avances propios del crecimiento y la madurez, que le otorgan una mayor amplitud, un mayor equilibrio e integración entre sus componentes.
  • Una detención en el avance, que puede ser natural o motivado por factores varios, desde la educación hasta la edad y la propia falta de interés.
  • Un retroceso o disgregación, que responde a la vejez o a situaciones traumáticas externas y/o internas.

Pero, insistimos: estos cambios, para bien o para mal, no son fácilmente controlables porque el equilibrio inicial se ha considerado inestable desde su comienzo, o demasiado sujeto a imponderables, y porque siendo la personalidad un conjunto de múltiples componentes, no se presta a una fácil coordinación. La multiplicidad es, pues, otra característica de la personalidad, y si bien hay casos verdaderamente patológicos de personalidad doble o múltiple, esa enfermedad revela la falta de un elemento superior que pueda poner de acuerdo a la personalidad. Necesitamos, pues, ese conjunto de disciplina y determinación que solemos llamar voluntad.

Sin descartar los factores congénitos que hacen la personalidad y los otros malamente adquiridos sin una formación específica, la verdadera personalidad es un logro individual y consciente. Y no decimos individual por el hecho de que cada cual deba conseguirlo aisladamente, sino que nadie puede suplir esa conquista, nadie puede dar a otro el equilibrio personal que le falta. Se puede ayudar, se puede aconsejar, se puede conducir por un camino acertado, pero eso es algo que cada cual debe ganar por sí mismo, claro está que con una dirección acertada, al menos en los primeros pasos, hasta poder continuar por los propios medios.

Delia Steinberg Guzmán.

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