Asclepios. La leyenda y el culto mágico

Autor: Antonio Alzina

publicado el 04-09-2014

Estatua de Asclepios. Copia romana del siglo II.

Estatua de Asclepios. Copia romana del siglo II.

En todos los pueblos de la Antigüedad encontramos referencias a deidades específicamente dedicadas a la Medicina, a la salud y la enfermedad, y el restablecimiento del equilibrio físico, psicológico y mental de los hombres. Según las civilizaciones, estos Dioses fueron más o menos conocidos, llegando desde una fama que les permitía trascender más allá de sus propias fronteras, hasta el hoy oscuro anonimato propio de nuestro olvido y nuestra falta de documentación, más que de la inexistencia de dichos Dioses.

El Dios Asclepios (Esculapio para los romanos) forma parte de las tradiciones más reconocidas, y su simbolismo está relacionado no sólo con los Dioses griegos, sino que resulta fácil encontrar parentescos con los egipcios en primer lugar, y con todos aquellos que han asumido la misión de velar por la vida humana.

Seguir el rastro de Asclepios en la Hélade, nos lleva hasta la antigua y famosa villa de Trikka, hoy llamada Trikkala, donde se dice que nació el Dios y dos de sus hijos, y donde se recogen los datos más remotos del culto a él dedicado. Además de los restos de templos en Trikka, así como en Atenas y otras ciudades, sin duda en Hieron el más renombrado, y al que nos referiremos más adelante, es el de Epidauro.

Es difícil precisar los orígenes y características de la Medicina en Grecia. Como en todos los pueblos arcaicos de raíces iniciáticas, la Medicina formaba parte de las Ciencias Sagradas y por lo tanto estaba sometida a las leyes del Secreto y del Silencio; sólo los Iniciados en esta disciplina eran los auténticos poseedores y aplicadores de los conocimientos correspondientes. No obstante, bien sea por las descripciones de las epopeyas, bien sea por los relatos de viajeros, crónicas y registros históricos posteriores, podemos hacer una somera reconstrucción de lo que pudo haber sido esta Ciencia Sagrada.

En general, solemos remontarnos a la figura de Hipócrates como al gran médico y precursor de todos los que se dedicaron y dedican a la curación. Pero junto a la llamada medicina hipocrática, florecieron antes, durante y después, otras Escuelas y sistemas curativos que no dejan de interesar profundamente, aunque hoy no sean comprendidos por la mentalidad práctica y materialista de quienes conciben una Ciencia alejada de la Filosofía, la Magia, la Religión y el Arte.

En los textos homéricos ya encontramos estudios sobre la Medicina que reflejan épocas tan antiguas como la creto-micénica. Entonces no era posible separar decididamente una Ciencia de otra; así la Medicina aparece estrechamente unida a todo un modo de vida, de costumbres, de hábitos, de leyes. Y es evidente que la epopeya no puede penetrar en la profundidad del saber iniciático, sino que llanamente, o bien con velados símbolos, nos relata detalles de un conocimiento popular, con fórmulas sencillas cuya aplicación era del dominio público. A primera vista, parece una Medicina demasiado simple, en fase inicial, pero no debemos caer en el error de considerarla así sólo por cuestiones cronológicas; antes bien, en todas las civilizaciones se advierte que los conocimientos eran más profundos en las épocas más arcaicas, y que la especialización de la ciencia por la vía experimental viene a demostrar una pérdida de fórmulas mágicas o de poderes extraordinarios. Es lo que probablemente suceda con esta Medicina “inicial” en la Hélade, cuya simpleza se deba más que nada al exoterismo de lo divulgable y al secreto de lo estrictamente iniciático.

Tras los elementos proporcionados por la tradición homérica, encontramos un estilo muy especial de Medicina que bien podría llamarse “sacerdotal” por la intervención directa de los Dioses en las curaciones, y de los sacerdotes-médicos como intermediarios de los Dioses. Esta es la época en que se erigen los grandes santuarios o templos, y en que los sacerdotes, asistidos por la gracia de los Dioses, tenían una actividad directa en la curación de los males, disponiendo para ello de los medios más variados: invocaciones, exorcismos, conjuros, sin descartar remedios o recursos físicos ni el análisis de cada enfermo y de cada enfermedad, como para administrar los agentes simples o complejos naturales o artificiales de los que disponían.

Una etapa posterior, tal vez después de cerradas las Escuelas Iniciáticas, será la del racionalismo médico, cuyo origen se suele situar en la isla de Cos, famosa por su Escuela de Médicos, entre los que no descartamos auténticos taumaturgos para nada reñidos con el racionalismo, sino todo lo contrario.

Pero volvamos a Asclepios y a esa época de la Grecia antigua en que los hombres se encomendaban al Dios de la Medicina para que les librara y protegiera de las enfermedades y del dolor.

¿Fue Asclepios un Dios desde el primer momento de su aparición en las tradiciones? Homero, en La IIíada, califica a Asclepios como excelente médico, discípulo del Centauro Quirón. Entonces parece ser que Asclepios no tenía categoría divina, sino que era un gran héroe dedicado a la Medicina, sólo conocido y admirado en el noroeste de la Tesalia (zona de grandes magos, por cierto) cerca del monte Pindo. ¿Era Asclepios, en aquellos momentos, más que un héroe, un Iniciado en las ciencias de la curación, al que luego se divinizaría por sus hazañas y, naturalmente, por su propia evolución que lo hizo digno de compartir el Olimpo con los demás Grandes?

Lo cierto es que mientras Asclepios comenzaba su carrera, el médico de los Dioses era otro Dios, llamado Peon, encargado de rociar con dulces bálsamos las heridas divinas, heridas que no producen sangre como en los mortales, ya que los Dioses sólo se alimentan de néctar y ambrosía. Pero el mito, o los varios mitos, que rodean el nacimiento de Asclepios, indican que su futuro era superior al de un vulgar ser humano. Su nacimiento se produjo, como ya dijimos, en Trikka, bien sea cerca del lago Bebeis o, según otras fuentes, cerca del Leteo. ¿Es acaso un viejo Dios que deberá olvidar, pasando por el Leteo, su estirpe sagrada, para realizar su función salvadora entre los hombres?

El mito más popular es el tesaliano. Este narra que Asclepios era hijo de Apolo y de Coronis, siendo Coronis la hija del Rey Phlegyas, de Orcómenos. Esta genealogía ya muestra y caracteriza la naturaleza del Dios, pues Apolo es la divinidad de la Luz Solar, que encierra fuentes de salud y de vida ampliamente apreciadas por los hombres.

El nombre de Coronis, su madre, es el de la corneja, pájaro de larga vida que simboliza la salud. El nombre de Phlegyas, su abuelo, evoca la idea de la llama, y por este motivo, sumado a su paternidad solar, se incluye al Dios de la Medicina en el llamado Ciclo de las Divinidades del Fuego Celeste. ¿Nos atreveremos, incluso, a relacionarlo con el valiente y atrevido Prometeo, que roba el Fuego Celeste en beneficio espiritual de la Humanidad?

El nombre de Asclepios, según Preller, equivale a Alexepios, y éste, a su vez, sería la transformación de Alexicacos, que es uno de los epítetos de Apolo y que quiere decir “alejador del mal”. Otros muchos nombres caracterizan a Asclepios, según se refieran a una u otra de las características que acompañaron su nacimiento y su vida: Aglaopes, Apalexicacus, Archagetas, Aulonius, Causius, Coronides, Coileus, Demenetus, Epidaurius, Gortynius, Hagnitas, Pergamenus, Tricaeus. El mito tesaliano es altamente poético en su desarrollo: Coronis llevaba todavía en su seno al hijo de Apolo cuando se enamoró del arcadiano Ysquis, y el Dios, informado de su infidelidad por un cuervo profético (obsérvese la relación entre el cuervo que informa a Apolo con los que traían la información diaria a Wotan en el simbolismo germánico), envió a su hermana Artemisa para que matara a Coronis. Pero, según Ovidio en sus Metamorfosis, fue el mismo Apolo quien mató a Coronis y a Ysquis, y en el momento en que el cuerpo de la amante se consumía en la pira funeraria, el Dios arrancó al niño del seno de su madre. Así, Asclepios nació de una madre herida por la cólera celeste y en medio de las llamas, caso que con escasas diferencias, nos hace recordar el nacimiento de Dyonisos recuperado de Semele. El epíteto de Aglaopes que los dorios aplicaban a Asclepios confirma su relación con el fuego brillante del cielo.

El niño, recogido por su divino padre, fue llevado al monte Pelion y entregado a los cuidados del Centauro Quirón, hijo de Kronos, quien lo instruyó en el arte de la caza y le comunicó la Ciencia de la Medicina. El nombre y la fama de Asclepios se extendieron por la comarca; curaba con tal perfección que no sólo devolvía la salud perdida a los enfermos, sino la vida a los muertos. Ante tamaña grandeza, Hades, el Dios de los Reinos Infernales, fue a quejarse a Zeus, alegando que le sustraía hombres a su dominio. Según otra versión, fue el mismo Zeus el que, viendo que los humanos dejaban de ser mortales, tal como El los había creado, mató a Asclepios con un rayo. Apolo, al ver a su hijo muerto, mató a su vez a los Cíclopes, los forjadores del rayo, y esta acción le valió que los Dioses del Olimpo lo condenaran a alejarse por un largo tiempo de esa mansión celestial.

En Epidauro, que en tiempos históricos fue el principal centro del culto a Asclepios, la leyenda de su nacimiento difería en algunos puntos, según Pausanias. Así, se cuenta que durante una expedición de conquista del rey Phlegyas al Peloponeso, su hija, la ninfa Coronis, dio a luz a Asclepios en la misma comarca de Epidauro. Su madre quiso extraer al recién nacido de la cólera de Phlegyas y lo escondió en el monte Titheo, paraje selvático y oculto a todas las miradas, donde lo alimentaba una cabra y lo cuidaba un perro. Un día, el pastor Aresthana, errante por la montaña en busca de una oveja extraviada, se aproximó al niño al oír sus vagidos; lo quiso recoger, pero en el mismo instante, la cabeza del pequeño Dios se iluminó con una intensa llama que hizo retroceder al pastor.

Existe otra leyenda en Messenia que apunta que la madre de Asclepios no se llamaba Coronis sino Arsinoe, hija de Leucipo, y hermana de Hileira y de Phebe, cuyos nombres también representaban divinidades de la luz, con lo cual nuevamente aparecen las relaciones simbólicas entre Asclepios y los rayos luminosos del Sol.

Esta primitiva y esotérica significación del Asclepios solar fue dejada poco a poco de lado, y en cambio subsistió la del médico divino, el Dios Salvador (Soter, también uno de los nombres del mismo Zeus), que alejaba los peligros no sólo en el caso de las enfermedades, sino en todas las circunstancias adversas de la vida. Así, según consta en algunas inscripciones, lo invocaban los navegantes, y los náufragos le dedicaban loas cuando conservaban la vida.

De todas formas, ya sea en su aspecto más esotérico o en su función de salvador de vidas, sus atributos son altamente significativos, pues cubren todos los simbolismos. Detengámonos en ellos: la serpiente, el cetro, la corona de laurel y la copa; también le estaban consagrados el gallo (símbolo de la vigilancia), el búho y la lechuza.

La serpiente representa la Sabiduría, que es decir también la Prudencia, y encierra la capacidad de adivinación. Asimismo, la renovación periódica de su piel era un símbolo de rejuvenecimiento, o mejor dicho, de la eterna Juventud de los Dioses, de la “Afrodita de Oro”.

El cetro es un símbolo de mando y de poder. La copa es el recipiente donde se consagra la medicina o la bebida mágica. El gallo, en aquel famoso sacrificio que recordó Sócrates a la hora de su muerte, antes de beber la cicuta, es el propio Asclepios, pero también es el Sol en el más sagrado de sus aspectos: es el Abraxas cuyo nombre contiene letras y cifras iniciáticas referentes al despertar del alma, y no sólo al despuntar del alba.

La imagen de Asclepios en la mayoría de los santuarios es la de un hombre fuerte y robusto, en la plenitud de su vida. Su rostro presenta una barba abundante y rizada, y su cabellera es larga y ensortijada. Su cara es de finas y correctas facciones, muy similar a la de Zeus, de la que se distingue en todo caso por una marcada expresión de benevolencia y simpatía.

La Religión griega concibió, al lado de Asclepios, otras divinidades secundarias que formaban parte de la familia del Dios. Su esposa era la dulce Xanta Lampetia (hija del sol), o Epione, madre de los asclepíades Macaón y Podaliro, héroes guerreros que acudieron al sitio de Troya con Agamenón. Pero además de guerreros, se dice del primero que era un excelente cirujano, y del segundo que era un buen médico con capacidad de “conocer lo oculto y curar lo incurable”. Asclepios tuvo otros hijos e hijas; entre las divinidades femeninas se citan a Higieia (la higiene), la Diosa sonriente de los ojos brillantes, Enemarion, Aeglé, Jaso (la curandera), Panakieia (panacea, la que lo cura todo), y como varones a Akesos, Janistos y Telesphoros. Esta última pequeña divinidad está representada por la figura de un niño muy similar al Harpócrates egipcio; indica la convalecencia, el enfermo que comienza a reponerse.

También podríamos unir a Asclepios la extraña corte de las Ilitias, Diosas protectoras de los matrimonios fecundos, pero al mismo tiempo responsables de los terribles dolores del parto. Encontramos el arcaico culto de las Ilitias en Creta, desde donde fue llevado a Delos y asociado con el de Artemisa, tía de Asclepios.

Para referirnos al culto dedicado a Asclepios, tomaremos como ejemplo los restos de templos existentes, que se componían generalmente de una fuente sagrada para la purificación del enfermo, un templo con el altar del Dios, y un pórtico donde los pacientes pasaban la noche esperando la aparición de Asclepios y la curación de su mal.

En particular, en Epidauro, el recinto del santuario encerraba un gran templo dedicado al Dios, un altar de Asclepios, un edificio en forma de rotonda o tholos, el pórtico de las incubaciones y un baño para las purificaciones. Además, como complemento de este lugar santo, lujoso e higiénico, había un gimnasio, una gran hospedería para alojamiento de los enfermos y visitantes, un estadio y un espléndido teatro, aparte de otras edificaciones, quizás santuarios o templos de otros Dioses asociados.

El templo era dórico y la estatua de la cella representaba a Asclepios sentado, con una mano apoyada en la cabeza de un dragón (equivalente a la serpiente), la otra sujetando el cetro y un perro a sus pies.

El tholos estaba destinado al pritaneo o lugar donde los sacerdotes celebraban sus comidas sagradas; otros opinan que allí había una fuente para las ceremonias.

Al norte del tholos estaban los pórticos, edificios designados con el nombre de encoimeterión (pórticos de incubación) o abatón (pórticos secretos), donde los enfermos, a veces sentados o bien tendidos sobre pieles, esperaban durante la noche la aparición de Asclepios y la curación de sus dolencias.

En el pequeño museo que hoy se conserva en Epidauro hay numerosas inscripciones que describen curaciones maravillosas, tales como parálisis, cegueras, cálculos, tenias, hemorragias, etc. No sólo el de Epidauro, sino todos los otros santuarios conocidos estaban emplazados en lugares que, por sus condiciones mágico-magnéticas, ofrecían ventajas para la curación de las enfermedades. Algunos santuarios debieron su gran renombre a alguna fuente mineral o termal, y al lado de los templos se construyeron gimnasios y estadios donde los enfermos crónicos eran tratados por medio de ejercicios físicos, baños, masajes y aplicación de ungüentos.

En cuanto al gobierno interior de estos santuarios, los sacerdotes cuidaron mucho la instauración de prescripciones ineludibles de orden higiénico, dedicadas a mantener el más riguroso régimen interno tratando de evitar los posibles contagios, habida cuenta de la aglomeración de peregrinos que podían constituir un peligro para los demás. Por eso no se recibían en el Hieron enfermos contagiosos o sucios, ni mujeres encinta ni moribundos; no se podía acudir a morir en el santuario. En cambio, fuera del recinto, se podían construir edificaciones destinadas a hospederías, como los actuales hoteles de las estaciones termales.

Los enfermos que venían a buscar la curación en estos santuarios debían purificarse antes de entrar, cosa que hacían en el mar, río o fuente, pues nunca faltaban en las proximidades del Hieron sitios con agua abundante. Así purificados con abluciones, baños, fricciones o fumigaciones, estaban en disposición de penetrar en el recinto donde, antes de la encoimesis o sueño, eran sometidos a rigurosas prescripciones higiénicas e influencias sugestivas. Entonces los enfermos elevaban plegarias, cantos o hacían sacrificios, mientras los sacerdotes les hablaban con mágico lenguaje de curaciones milagrosas, de resurgimientos insólitos realizados por la influencia del Dios, elevando así sus esperanzas aún en los casos más graves y desesperados.

Pero el método divino por excelencia era el del sueño en el templo, la Encoimesis o Iincubatio. Echados al pie de las estatuas del Dios o de sus divinidades asociadas, soñaban en la oscuridad de la noche que el mismo Dios se les presentaba; o bien era una gran serpiente (seguramente sin dientes ni veneno) la que, deslizándose por aquellos admirables pórticos, despertaba en los pacientes la idea de que el Dios adivinaría la clase de su mal y aplicaría el remedio seguro y milagroso.

De las inscripciones del templo de Epidauro parece deducirse que, en los primeros tiempos, era el mismo Dios el que realizaba las curaciones (¿tal vez fue así mientras vivió el héroe o Iniciado que respondía a ese nombre?). Luego fueron los sacerdotes los que se presentaban al enfermo con la máscara de Asclepios, a veces acompañados de sacerdotisas que hacían las veces de las hijas del Dios, y aplicaban los remedios y daban sanos consejos.

El incubante no siempre era el mismo enfermo, pues la influencia milagrosa podía transmitirse al paciente, quizás imposibilitado para hacer tan largo y penoso viaje, por intermedio de otra persona o peregrino enviado a recoger la gracia divina.

Los consejos y prescripciones de Asclepios, transmitidos durante la incubación, respondían a un plan médico razonable, y solían consistir en una dieta, ejercicios, variados recursos psíquicos, y más raramente sangrías y purgantes. Los enfermos curados debían demostrar de manera práctica su agradecimiento al Dios, por medio de presentes, y a veces con monedas de oro y plata que se dejaban caer en alguna fuente sagrada, o se pegaban con cera a las piernas de la estatua de Asclepios. Según una antigua costumbre, al Dios se le dedicaban también representaciones figuradas (exvotos) de la parte del cuerpo curada, realizadas en variados materiales, tal como todavía se sigue haciendo en los templos actuales.

En algunos santuarios de Asclepios se inscribieron las historias clínicas de los enfermos y los remedios empleados para su curación, ya sea en las columnas del templo o en las tablas votivas de metal, mármol o piedra que se colgaban en las paredes del recinto. De estas tablas votivas parece haber salido el estudio sistemático de enfermos y enfermedades realizado luego por la Escuela hipocrática de Cos.

El método curativo variaba en cada uno de los santuarios, según se aplicara el teúrgico, el divino, el místico o el humano o racional. Estos métodos dependían del grado que habían logrado alcanzar en cada comunidad los Asclepíades o sacerdotes médicos. El método teúrgico se fundamentaba en la Magia práctica en el más alto nivel, y estaba a cargo de los sacerdotes Iniciados; el método divino, sin dejar de lado al sacerdocio, se fundamentaba en la presencia directa del Dios; el método místico se basaba en la sugestión y en la hipnosis; y el método humano o racional fue la aplicación científica y compilada de los anteriores conocimientos que caracterizó especialmente a la Escuela de Cos. Durante mucho tiempo perduró la tradición de Epidauro y la serpiente sobre los otros santuarios. Dios, serpiente o sacerdote, lo que estaba siempre presente era la Magia, aun en la Escuela de Cos en que la Magia fue la Magna Ciencia, resto de la que hoy nos enorgullecemos como si fuera el compendio de toda sapiencia.

Lejos quedan aquellos tiempos en que los Dioses, aunque fuera en forma de héroes o semidioses, en todo caso, Iniciados, estaban en contacto directo con la Humanidad. Lejos quedan los tiempos de la Medicina Mágica, que era sagrada porque podía establecer un contacto entre el mundo divino y el mundo humano, entre la Armonía Celeste y su capacidad de restablecer el perdido equilibrio de la enfermedad.

Hoy nos quedan mitos cargados de símbolos, ricos en matices para quienes anhelan recobrar los viejos Misterios; apenas cuentos y fábulas para los que prefieren la ceguera de la ignorancia. ¿Sigue vivo Asclepios? ¿Sobrevive aún su fuerza, sus poderes y su capacidad de presentarse ante los hombres bajo una u otra forma? ¿Qué relación le vincula a Seraphis, ese otro médico mago que floreció en tierras de Egipto? Resulta curiosa la comparación entre un Dios y otro, pues ambos son hijos del Sol: Asclepios de Apolo y Seraphis de Osiris. ¿Es acaso el mismo Sol que brilla para los hombres, poniendo luz en sus cuerpos enfermos y en sus almas oscurecidas por la ausencia de Sabiduría?

Antonio Alzina.

Créditos de las imágenes: Jastrow

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