El que posteriormente fue llamado “fuego griego” se produjo desde una antigüedad por el momento indefinible y consistía en una mezcla de nafta, azufre, cloratos y otras sustancias, cuya fórmula se ha perdido, y ardía con una llama que no extinguía el agua.
Las antiguas culturas del mar Egeo pretendieron conocerlo “desde siempre” (¿herencia de los últimos atlantes, de los que escribe Platón?), pero no tenemos datos precisos en los que apoyarnos hasta la época de Alejandro Magno, en que se cita como uno de los tantos elementos de defensa de las ciudades costeras fenicias, así como un componente de antorchas que utilizaban los buzos de la escuadra griega para calafatear naves sin sacarlas del agua.
En época romana también se menciona, como elemento adherido a palomas que así se volvían incendiarias, pues cuando el fuego de sus colas alcanzaba el cuerpo, caían muertas sobre ciudades y ejércitos, provocando incendios peligrosos y aun una más temida acción de guerra psicológica, ya que ante este ataque prácticamente no había defensa.
Parece ser (los datos son confusos y generalmente posteriores a la época de utilización) que se empleó con éxito en las batallas navales de la “guerra civil” entre César y Pompeyo, a la manera de los modernos lanzallamas, consistentes en un sifón o bomba aspirante-impelente. Y también en el “bombardeo” de las defensas de Alejandría, cuando reinaba Cleopatra, arrojado como bolas ígneas por las catapultas y los onagros embarcados.
Su importancia y uso parecen desaparecer durante toda la época imperial, o por lo menos su aplicación se hace tan restringida que no merece menciones concretas, confundiéndose con los simples proyectiles incendiarios consistentes en piedras y lanzones metálicos empapados en petróleo crudo, de más fácil extinción.
Hacia el siglo V, con la caída definitiva del Imperio romano, y luego de Genserico, con el advenimiento del Imperio romano de Oriente y la desaparición del de Occidente, algunas liburnias parecen portarlo. Pero es en el siglo VII, con la aparición de la explosiva expansión del islam, cuando el “fuego griego” vuelve montado en los dromones, naves muy rápidas y ligeras, tal vez derivadas de la liburnia romana. Estas naves están adaptadas a la nueva arma y divididas en flotillas operacionales de intervención rápida, con una estrategia naval que no se utilizaba desde la muerte de Pompeyo, pues el Mediterráneo, bajo el Imperio, era un “lago romano”.
La descripción de toda nave antigua encierra gran dificultad, pero podemos imaginar estos primeros dromones lanzallamas como naves de bordas bajas, sencillas, con una sola fila de remos y velas triangulares (en esto eran diferentes de las liburnias romanas) que impropiamente se suelen llamar “latinas”. Estaban desprovistos de comodidades, pues eran exclusivamente naves de guerra y todo peso se había sacrificado en beneficio de una mayor velocidad, capacidad de maniobra y portación del o los lanzallamas.
El historiador Procopio, en sus comentarios de las campañas de Belisario contra los vándalos en el 553, ya menciona un tipo de dromon muy liviano y con un puente a todo lo largo, e insinúa la aparición de un arma secreta. ¿Es que se refería al “fuego griego”? No lo sabemos, aunque podemos suponer que sí.
Por los escritos de la Alta Edad Media, había tres tipos de dromones lanzallamas: de 120, 130 y 160 remeros. También se menciona otro de tipo especial, con 230 remeros.
Parece ser que los primeros dromones llevaban fijas en sus proas la reproducción en bronce de un monstruo marino o de alguna representación mitológica, que servía para cubrir el aparato de sifón. De la boca del figurado monstruo salían varias mangueras flexibles (¿asbesto, lana mineral?) con boca de bronce que sus servidores apuntaban sobre el objetivo. No sabemos si mecánica o manualmente, en el momento preciso salía de las bocas un chorro líquido que se inflamaba y rociaba con él las naves enemigas a más de 50 metros de distancia.
Con el correr de los siglos, según un documento del final del siglo X, el dromon se convierte en una máquina de guerra terrible. Tal vez más funcional, además del lanzallamas fijo en la proa, tiene otros dos o tres en cada banda, con verdaderos cañones de bronce. Posee dos niveles de remos que manejan 230 remeros y una “infantería de marina” de 70 soldados por unidad. Asimismo, se mencionan tubos que lanzan sobre el enemigo potes de cerámica o vidrio que estallan en llamas, y también otros rellenos de víboras venenosas que se esparcen sobre las cubiertas de las naves contrarias sembrando el pánico. Bolas de vidrio rellenas del misterioso líquido que se inflama con el aire (¿se había introducido el fósforo en la fórmula?) son lanzadas por máquinas y manualmente; algunas están envueltas en trenzados de sogas de las cuales salen varios ramales rematados con largos anzuelos, lo que permite engancharlos en las velas y arboladuras, las cuales, por efecto de los golpes o de las simples maniobras, se rompían, incendiándolo todo y provocando una lluvia de fuego sobre la tripulación contraria.
Tan grandes y fuertes se hicieron los dromones y tan gran cantidad de sifones y otras máquinas llevaban, que en el mismo siglo X empezaron a ser escoltados por otras naves: las pamfilia, especie de dromones muy afilados y rápidos, asimismo más pequeños. Además, cada dromon incendiario era acompañado por dos naves de apoyo que llevaban alimentos y agua para la tripulación de combate y los remeros de los dromones.
También se mencionan armas complementarias del “fuego griego” que no son, en verdad, completamente comprensibles para nosotros. Se habla de buzos especializados en sumergirse, munidos de cuerdas y garfios, para enredar con ellos los remos de los navíos enemigos. También de un trépano que tenían los dromones cerca de la proa y que, cuando acercaban a un buque enemigo por medio de los garfios lanzados con máquinas a gran distancia, al tenerlo junto a su propia amura entraba a funcionar agujereándole el casco… ¡por debajo de la línea de flotación!
¿Cómo lo hacían?… Es prácticamente imposible, con el movimiento que imprimen las olas, que un trépano manejado manualmente perfore un casco de madera noble, cuyas tablas no tendrían menos de 7 a 15 cm de espesor. Otras armas extrañas eran las “horcas”, las “guadañas” y una forma renovada del antiguo “delfín”, una pesa enorme que se levantaba con una grúa sobre la nave contraria y que se dejaba caer sobre ella como un ariete vertical.
Nicéforo Focas dice que atacó la isla de Creta con nada menos que… ¡dos mil navíos equipados con lanzallamas! Estas extrañas naves llevaban también una poderosa artillería “convencional” que consistía en 20 ballestas y un número indeterminado de catapultas por barco. Asimismo, estaban en parte recubiertas por blindajes de plomo o de bronce, o simplemente de pieles empapadas en vinagre. Estas medidas defensivas no parecían dirigidas a evitar un peligro incendiario por parte de los enemigos, pues sólo la flota de Bizancio poseía el “fuego griego”, sino a protegerse de las difíciles manipulaciones de la extraordinaria mezcla.
Es realmente un enigma histórico, no sólo el “fuego griego” en sí, sino cómo los pueblos islámicos no lograron adueñarse del secreto a través de 700 años de lucha en íntimo contacto con los imperiales. Además, no podemos ignorar que entre sus califatos los había tales como el de Córdoba y el de Bagdad, donde existían universidades que, como la misma Salamanca, se especializaban en química y alquimia. Las naves árabes eran muy inferiores, aunque más de una vez ahogaron a las cristianas en base al número y al gran valor y fanatismo de los tripulantes. Esto nos hace deducir que habrían cobrado miles de prisioneros de los dromones y que los habrían sometido a las más terribles torturas para que revelasen el gran secreto bélico. ¿Cómo no obtuvieron la información? Se nos hace evidente que el “fuego griego” era embarcado desde los laboratorios secretos de Constantinopla y que los marinos simplemente lo utilizaban, como un actual piloto de un avión de guerra sabe disparar los misiles pero ignora sus características internas. Debemos sumar a ello que es posible que los laboratorios de la época fuesen poco aptos para operaciones de análisis, por lo que, aunque un dromon lanzallamas cayese en manos enemigas con su carga completa, no hubiese servido de nada a la hora de querer reproducirla.
Sea como fuere, Bizancio sobrevivió gracias al “fuego griego”, versátil, difícilmente extinguible, explosivo y que podía ser fabricado en cantidades enormes.

A medida que los islámicos se organizan y construyen sus grandes galeras de guerra, aplicando hábiles estrategias, y en Occidente las nuevas “repúblicas italianas” van cobrando importancia y se lanza el fenómeno histórico de las Cruzadas, el Imperio bizantino se reduce, se debilita y debe afrontar problemas internos que le impiden seguir desarrollando su tecnología bélica.
Además, el “fuego griego”, por su repetido uso, había perdido su inicial y pavoroso efecto psicológico y las naves enemigas se mantenían a distancias que lo volvían inofensivo.
Por otra parte, los simples proyectiles empapados en nafta, que ya todos los buques de guerra importantes del Mediterráneo utilizaban, se mostraron casi tan eficaces y mucho menos peligrosos de manipular que el “fuego griego”.
Las Cruzadas, salvo la primera, no tuvieron legitimidad espiritual suficiente y el odio de los papas hacia esos “griegos cismáticos” llegó a ser superior al que sentían por los musulmanes. Sumemos a ello que Constantinopla era un botín muy codiciado por los todavía rústicos y pobres pueblos de Europa occidental y que Bizancio fue saqueada e invadida numerosas veces por los mismos cristianos por la más mínima excusa.
El contacto de tantos pueblos durante las Cruzadas provoca cambios en los navíos y los velámenes: aparecen las velocísimas galeras y, a la vez, barcos enormes que llegan a tener torres blindadas de hierro y los primeros cañones accionados por pólvora. También “comandos” que asaltan las naves en los puertos y se retiran luego a sus navíos escondidos en lugares cercanos.
Reina el caos. Los últimos siglos de la Edad Media son semillero de inventos, pero asimismo un rosario de calamidades con gran confusión política y religiosa.
Bizancio no se muestra preparada para esta nueva etapa de la historia; sus iniciativas decaen y se centra en una mera actitud defensiva, comprando ejércitos y flotas mercenarias de dudosa fidelidad. Sus sofisticados dromones, provistos aún del misterioso fuego que no se extingue con agua, son envueltos en multitud de otras naves más maniobreras, con capitanes mejor dotados y tripulaciones europeas, aunque navegasen frecuentemente bajo pabellones islámicos, que saben combatir y volver poco operativa la legendaria arma heredada del pasado remoto. Los bajeles turcos son enormes dromones muy capaces de hacer largas travesías y artillados con primitivos pero eficaces cañones, y hasta bombardas de tiro parabólico.
Constantinopla se encontró abandonada por todos y, en su interior, un pueblo que se aferraba al pasado y carecía de combatividad, pues la religión, la filosofía, el arte y la ciencia, con ser grandes bienes, llegan a adormecer peligrosamente a los que han perdido la suficiente militancia y menosprecian a sus enemigos.
Los turcos, la parte más agresiva del islam de entonces, elaboraron enormes piezas de artillería que podían lanzar una bola de piedra de una tonelada a poco más de 1 km, distancia, sin embargo, suficiente para actuar sin cuidarse de las armas de las murallas de Bizancio que, aunque muy evolucionadas, seguían siendo en su concepción las mismas que se utilizaban 2.000 años atrás.
La única de esas grandes piezas artilleras que conocemos en la actualidad se halla en el jardín inmediato a la Torre de Londres, en el Reino Unido, pues fue regalada por Turquía a la reina Victoria.
El último emperador de Bizancio, que por esos enigmas del destino se llamaba Constantino como el fundador de Constantinopla, ante las enormes murallas que iban siendo demolidas y el bloqueo naval, se dedicó más a organizar procesiones religiosas que defensas, aunque cabe decir en su honor que murió como un héroe en primera línea. Mohamed II, en 1.452, penetraba en el corazón espiritual de “la ciudad”, como aún le llaman los griegos…: la basílica de Santa Sofía.
El saqueo y la destrucción fueron terribles y muy tarde la Europa cristiana se avergonzó de haber combatido y dejado a solas el último resto del viejo Imperio romano. Para muchos historiadores, con su caída termina la Edad Media.
Con la destrucción, que duró meses, se perdió, entre tantos tesoros, el secreto del “fuego griego” y, a pesar de los esfuerzos de muchos sabios del Renacimiento, jamás se volvió a encontrar. Tal vez el arma más parecida renació en la Segunda Guerra Mundial, a mediados del siglo XX, si combinamos los modernos lanzallamas con las bombas de napalm y de fósforo. Pero, a pesar de la opinión infantil de algunos historiadores a la moda que no pueden aceptar ningún retroceso técnico, el “fuego griego” no pudo ser reproducido ni sabemos exactamente qué era.
Hoy, “la ciudad” es la bella Estambul, capital cultural y turística de Turquía.
Jorge Ángel Livraga
Créditos de las imágenes: Amandajm




