El valor del discernimiento

Autor: Delia Steinberg Guzmán

En aras del confort, de la vida regalada y cómoda, vamos adquiriendo un conjunto de hábitos que no atañen solamente al cuerpo, sino que afectan más sutil y profundamente a la psiquis, a la mente, al hombre interior. En realidad, la pretendida comodidad no es un ahorro de tiempo para disponer de él en otras ocupaciones que resulten útiles e interesantes para el propio desarrollo; se trata, en cambio, de dejar pasar el tiempo, de evitar esfuerzos y, a la larga, todo tipo de actividad. La inercia se convierte así en ley de vida.

Pero ya dijimos que nos preocupa mucho más la inercia que afecta al alma: tras no moverse, se pasa al plano de no pensar, no sentir, no buscar nada que sobresalga del pasar diario. Y si la inercia llega a atrofiar los músculos, esta otra inercia interior también atrofia las condiciones distintivas y características del hombre.

El valor del discernimiento

Cierto es que, cuando queremos diferenciar al género humano del animal, y aun de otros inferiores, sacamos a relucir aquello de la capacidad de razonar. Pero preferimos una definición más sutil que recogemos de los antiguos filósofos: lo auténticamente humano es el discernimiento, cualidad que reúne una parte de inteligencia y otra de intuición refinada; cualidad que, por otra parte, brilla por su ausencia a falta de práctica y como consecuencia de la inercia que antes mencionábamos. Puesto que el discernimiento es actividad por excelencia, equilibrio en la acción, direccionalidad, objetivo, sentido de cuanto se hace.

El discernimiento debe escoger, debe separar lo válido de lo superfluo y, por lo tanto, debe conocer para comparar y resolver. La ignorancia y la laxitud espiritual nada tienen que ver con el discernimiento: aquí no cabe la falsa comodidad de dejarse estar. A lo sumo, lo que se obtiene como fruto de la pasividad es vivir engañado, arropado por mentiras y por los velos con los que se cubre necesariamente la Naturaleza.

Para quienes buscamos en la Filosofía las llaves que nos permitan abrir poco a poco las puertas de acceso a los misterios del Mundo y de la Naturaleza, el discernimiento es una clave preciosa. No se nos escapa que el mundo no se presenta al desnudo tal y como es; él también se adorna con velos, con nieblas o ilusiones que desdibujan las auténticas realidades. Pero esos mismos velos son una invitación para quitarlos, para penetrar más allá de las apariencias.

Hay quienes se conforman con sumergirse en la ilusión. Nosotros llamamos filósofos a quienes buscan el discernimiento, a los que se arrancan de la apatía y la comodidad para descubrir lo que ocultan todos los velos, para descubrirse a sí mismos.

Así, pues, se trata de entrar en acción, de saber ver, oír y hablar, de estudiar activamente, no para describir los velos —que de esas descripciones ya tenemos en demasía—, sino para saber lo que estos velos esconden y por qué lo hacen así. A esto lo llamamos Filosofía y, más aún, Filosofía Activa, y es la que os proponemos todos los meses desde las páginas de esta Revista.

Créditos de las imágenes: Pascal Debrunner

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Referencias del articulo

Publicado en la Revista Nueva Acrópolis núm. 164, en octubre de 1988.

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