En la sangre derramada encontramos el símbolo más acabado del sacrificio y la redención. La sangre está en relación directa con el color rojo, que simboliza la entrega y la pasión, el amor y la guerra. Simboliza todos los valores solidarios del fuego, del calor y de la vida, que se emparentan con el Sol, a los que también se asocia todo lo que es noble, generoso y elevado como nuestro astro rey. En general y universalmente se considera a la sangre como el vehículo transmisor de la vida. Mezclada con el agua que fluye de la llaga del Cristo crucificado y es recogida en el cáliz del Santo Grial, es por excelencia la bebida de la inmortalidad, calentada por el fuego vital del Sol y por su luz, su aliento y espíritu.
Según la tradición caldea, la sangre divina, mezclada con la tierra, dio vida a todos los seres creados, y muchos mitos afirman que esta mezcla dio nacimiento incluso a las plantas y a los metales. “Creo en Dios, que hizo de una sola sangre todas las naciones que habitan la tierra. Creo que todos los hombres, negros, morenos y blancos, son hermanos que varían, a lo largo del tiempo y la oportunidad, en formas, dones y características, pero que no se diferencian en lo esencial, ni en el alma ni en la posibilidad de un desarrollo infinito”, afirma el sociólogo americano W.E.B. Du Bois.
En la antigua Camboya, el derramamiento de sangre durante las justas y los sacrificios ceremoniales otorgaba la fertilidad y la abundancia a los campos, presagiaba la lluvia y atraía la felicidad para todo el pueblo.
La sangre es considerada también por algunas tradiciones como el vehículo del alma, lo que explicaría, según Frazer, los ritos de los sacrificios ceremoniales en los que se tiene gran cuidado en no dejar que la sangre de la víctima caiga al suelo. En Nueva Zelanda todo objeto que reciba aunque no sea más que una gota de la sangre de un gran jefe, resulta con ello sacralizado.
Todas las ofrendas líquidas que los antiguos dedicaban a los muertos, como la leche, la miel o el vino, estuvieron precedidas por la sangre, la primera y más preciosa ofrenda, simbolizada en las culturas clásicas por el sacrificio del toro y el cordero.
El refrán árabe que dice “La sangre ha corrido, el peligro ha pasado” expresa la idea central de que todo sacrificio sangriento es una expiación que aplaca la cólera divina y aparta de los hombres los castigos que podrían haber sobrevenido de no haberse realizado esa ofrenda.
La sangre no es únicamente, como hemos visto, un gran misterio desde el punto de vista biológico, sino que lo es igualmente en el plano de su simbolismo. Es también, en esencia, ambivalente, o sea, un símbolo simultáneamente dual, tanto de purificación como de corrupción, de energía vital y de violencia. Derramar la sangre puede constituir un crimen o un ritual. Es el fundamento del vampirismo, pero es también la esencia de la Eucaristía.
Concluiremos diciendo que “La sangre es un fluido muy especial”, como afirma Goethe en su “Fausto”. También me gusta recordar lo que decía Alphonse de Lamartine cuando afirmaba que “Después de su sangre, lo más personal que puede dar el ser humano es una lágrima”.
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