“Entrevista” con Lucio Anneo Séneca

Autor: Antonín Vinkler

publicado el 15-06-2026

Sumergidos contra la corriente del tiempo visitamos a un hombre que vivía en el primer siglo de nuestra era y dejó una huella imborrable en nuestra historia. Un hombre que se hizo famoso por su sabiduría práctica y su forma de vivir como fruto de su filosofía. Lo visitamos como representantes de una época que sufre crisis semejantes que las que afectaban al hombre antiguo, con la esperanza de que sus sabias respuestas nos ayudaran a buscar hasta la solución de nuestros problemas.

 

Pregunta: Buenos días, Lucio Anneo, le agradecemos que nos haya recibido. Permítanos hacerles unas preguntas.

Séneca: Será un placer pasar un tiempo en una conversación agradable.

Séneca

P.: Si le dijéramos que venimos del futuro para hacerle unas preguntas como a uno de los hombres más sabios, cuyas ideas la historia ha conservado, ¿nos creería?

S.: (sonriendo) Lo último no lo creería, pero lo primero… ¿por qué no? A fin de cuentas, la mayoría de mi vida la he consagrado a “encuentros” con sabios que vivían en el pasado, así que los viajes a través de siglos no me son ajenos.

 

P.: Es usted conocido, entre otras cosas, por su libro «De la brevedad de la vida», donde escribe que la vida es bastante larga si sabemos cómo vivirla. ¿Cómo vivirla, entonces?

S.: ¿Cómo? Bien. No midamos nuestra vida por el tiempo sino por los hechos. Hay que llenarla de la búsqueda de la sabiduría, trabajando en nosotros mismos, con hechos justos, con ayuda a los demás, compartiendo el tiempo con los que enriquezcan nuestra vida o nosotros la suya, cumpliendo nuestras obligaciones cívicas. No está en nuestro poder si nuestra vida va a ser breve o larga, ni es importante. Una enfermedad prolongada no es mejor que un día corto y lleno de salud y fuerza. Lo que se cuenta es la calidad, no la cantidad de días. Además: cuando se acerque el fin, siempre les parecerá que ha venido demasiado pronto, si la filosofía no les ha enseñado esperarlo con calma en cualquier momento. Pero para esto hay que darle sentido a la vida.

 

P.: Pero, ¿dónde buscar la guía? ¿Cómo saber que nuestra vida es plena y no sólo larga?

S.: Diríjanse a la filosofía. Yo estoy convencido de que una vida feliz se logra dominando perfectamente la filosofía, la vida aceptable a su vez, por lo menos conociéndola un poco.

 

P.: ¿Y dónde buscar el tiempo?

S.: Y ya hemos llegado al problema eterno. Una de las pocas justicias que todo el mundo tiene inmediatamente es el tiempo: ¡veinticuatro horas cada día! Para un senador, un mendigo o un filósofo, sin diferencia. ¡Es una riqueza! Y nosotros permitimos a nuestros pasiones y vicios que la roben y después preguntamos como usted hace un momento: «¿Y dónde buscar el tiempo para la filosofía?» Yo se lo diré: robarlo a los pasiones. No es cuestión de dinero o posición social, la filosofía estoica lo demuestra, ayuda tanto a los gobernantes como a los pobres. Lo esencial es querer. Créanme que ni la fortuna caprichosa ni los dioses les pararán si saben lo que quieren y se dirigen a su objetivo.

 

P.: ¿Y cuándo sabremos si realmente estamos progresando?

S.: Pregunten si hoy desean lo mismo que ayer.

 

P.: ¿Qué quiere decir?

S.: Hay que ser persistente, a mucha gente le atrae la búsqueda de la sabiduría pero solo por un mes… Después les llaman atención los viajes, un nuevo tipo de masajes o carreras en el anfiteatro. Hay que ser persistente y también paciente. A menudo hasta los persistentes cometen errores: se observan cada tercer día a ver si ya se han convertido en sabios y si ya no es hora de terminar con el trabajo en sí mismo.

 

P.: Perdone, pero algunos objetan que usted habla a menudo de soportar con paciencia la pobreza y el destino en general, lo que es fácil de decir para un hombre tan rico como usted…

S.: Sí, ya sé que lo dicen. Pero quién conoce mi forma de vivir sabe que vivo modestamente y que esta inmensa fortuna representa para mí más bien una carga que me está frenando que otra cosa. Es cierto que no tengo que luchar por los recursos y que esto me proporciona cierta independencia, pero las preocupaciones relacionadas con su gestión me quitan casi el mismo tiempo que un trabajo para ganarme la vida.

 

P.: Entonces, ¿por qué no se separa de los bienes?

S: Amigos, sí soy filósofo pero también soy romano, heredero de una familia antigua, cuyo nombre tengo que atender. Además, nuestras granjas proporcionan trabajo a mucha gente, así que no veo nada sabio en dejarlas abandonadas. Simplemente es una responsabilidad que aceptamos como una contribución a nuestra origen y que tengo que pagar.

Se lo diré de otra manera: ser filósofo y ser rico no es una prueba menos importante que ser filósofo y tener que luchar por sobrevivir. Tal vez sea hasta más difícil. No es difícil tener platos de barro y tratarlos como si fueran de oro, pero es muy difícil tener platos de oro y tratarlos como si fueran de barro. Créanmelo.

 

P.: Se lo creemos. Entonces, ¿en qué consiste para usted la riqueza verdadera? O ¿quién es rico de veras?

S.: Es sencillo. Rico no es el que posee mucho, sino el que no desea tener más, que está contento con lo que tiene. En este sentido sí soy rico pero se lo agradezco a la filosofía, no a mi familia.

 

P.: En tal caso pobre no es el que tiene poco, …

S.: … sino el que está carcomido por el anhelo de tener más. Exacto. No creerían cuántos pobres hay en nuestro Senado (sonriendo)… ¡Ya ven que ser rico está en nuestras propias manos! Además, yo no creo que todas esas villas, miles de acres del suelo y millones de sestercios sean algo realmente nuestro. Un momento, un golpe del destino y todo desaparece. ¡Traten de quejarse ante la divina providencia que les ha quitado “sus” bienes! Es ridículo, ¿qué les parece? (sonriendo)

 

P.: Seguramente, pero ¿qué es realmente “nuestro”, entonces?

S.: Lo que nadie nos puede quitar. Sus conocimientos nadie se los quitará, las virtudes que embellecen su alma, las experiencias suyas o ajenas que guarden, sentimientos que nacen en su interior… Solo allí se debe buscar la fuente de la felicidad real. Así actúa un hombre sabio.

 

P.: A la gente, su ideal de sabio estoico a veces les parece demasiado estricto y frío. Una persona que controla perfectamente sus emociones e ideas, que se enfrenta valientemente a todos los peligros y tentaciones, una persona que no se deja arrastrar por su ánimo ni por los halagos de los demás. ¿No es un ideal imposible? Y sobre todo, ¿no le quita al hombre una parte de su carácter natural?

S.: Nuestro ideal del sabio es un ejemplo, no un invento. No es digno de un filósofo considerar como su ejemplo algo mediocre o algo fácil. Los caminos fáciles siempre están bajando. A propósito, ¿cómo saben que es imposible si no han desarrollado todo el esfuerzo para lograr ese objetivo? ¿Es que no conocemos nombres de personas que han vivido precisamente así? ¿Por lo menos en algunos momentos?

Respecto a la naturalidad… ¿De qué naturalidad estamos hablando? Lo humano es vivir según la virtud y los principios espirituales; lo demás nos acerca a los animales. Con nuestra filosofía no se pierde nada humano, al contrario, lo humano de veras se está logrando. Una vida razonable controlada por la virtud.

 

P.: ¿Sabe qué se quedará como lo más conocido de su escuela filosófica hasta dos mil años después?

S.: No tengo idea.

 

P.: Sobre el concepto de la “calma estoica”, díganos: ¿realmente se queda tranquilo en situaciones extremas cuando le critican, le acosan, o le ha afectado una pérdida?

S.: Hoy, siendo viejo, con todas mis experiencias que la vida me ha aportado, ya puedo decir que sí. Sé que no es fácil, pero es cuestión del control de sí mismo y de la sabiduría verdadera. Cuánto más vayan conociendo el carácter auténtico de las cosas, su valor real, no el que les atribuya la moda, llega a ser más moderado al obtenerlas y mucho más calmado al perderlas. Yo no pierdo las cosas, yo se las devuelvo a la naturaleza y un día me iré sin ellas igual que he venido. No hay por qué preocuparse.

 

P.: ¿Pero no es peligroso resistir a emociones felices, a la gran alegría, etc.? ¿No se convertirá uno en frío e impasible?

S.: Es como un péndulo: cuanto más le permitan que se incline a un lado, tanto más y más notablemente se inclinará al lado opuesto. No se alegren de modo exagerado y sin control si no quieren temer demasiado. Es simple.

El que ha experimentado esta “calma estoica”, como la llaman, sabe que no se trata de una calma vacía. Al contrario, despojándose de pasiones groseras, deseos vehementes, emociones exageradas, liberarán espacio para llenarlo de sentimientos e ideas nobles que no sean tan bruscas y visibles por fuera, pero tanto más profundas y enriquecedoras para el alma.

 

P.: ¿Qué es el colmo de la vida?

S.: Vivir hasta alcanzar la sabiduría. Entregar al creador del mundo su vida mejor que cómo la recibimos.

 

P.: ¿Por qué mucha gente no lo logra?

S.: Porque piensan que el día menos pensado la sabiduría misma viene a visitarlos como hoy han venido ustedes. (sonriendo) … Queridos amigos, tenemos que aprender todo, o sea, también a vivir. ¿Quieres ser cocinero?, ¿soldado?, ¿médico? Te espera mucho por aprender, pues no sabes nada de estas actividades. Esto todo el mundo lo comprende. Sin embargo, creen con ingenuidad que vivir su vida como un conjunto que se compone de muchos trabajos y actividades pero también del saber qué valores aceptar, qué forma de vida realizar, qué amigos buscar, en qué creer, qué es verdad o mentira, qué es el bien y el mal… ¡Como si no fuera necesario aprender lo más importante!

 

P.: ¿Qué es, pues, la ciencia de la vida en su conjunto?

S.: La filosofía, el amor a la sabiduría. Nadie nace sabio y todos la necesitamos.

 

P.: Bueno, pero no todo el mundo prefiere la lectura y reflexión de profundas cuestiones filosóficas…

S.: Tienen razón, ¡pero esto tampoco es la filosofía completa! No han mencionado lo más importante. La filosofía es la forma de vivir, la autoeducación, mejoramiento de sí mismo, independientemente de cambios inesperados del destino, del favor o desfavor de los demás. Es una forma de gobernarse a sí mismo.

Además, ¡también los estudios, lectura y reflexión llegan a ser atractivas abriéndoles los ojos y dándoles respuestas en cuanto a lo que son y lo que deberían hacer en este mundo!

 

P.: Mucha gente está buscando lo que usted acaba de describir y quiere aprender pero díganos: ¿cómo conocer a quién y en qué podemos confiar? Ya que algunos hasta hacen negocios con la filosofía, otros enseñan una cosa y practican otra en su vida…

S.: Sí, es verdad. La filosofía sufrió un daño inmenso cuando se empezó a vender. Pero como escribí en uno de mis libros: la filosofía puede seguir apareciendo en su templo. Siempre que encontremos a sus “sacerdotes“ y no a los mercaderes. Ni charlatanes ni embusteros nos deben hacer renunciar. Nuestra alma necesita a alguien que pueda respetar, cuyo ejemplo nos ayude a purificar hasta nuestras ideas más ocultas. Es muy útil tener a alguien, cuya moral nos guíe, cuyos conocimientos alimenten nuestra alma.

 

P.: Pero ¿cómo reconocerlo?

S.: No es tan difícil. ¡Escojan a los que no enseñen solo con palabras sino con su vida, los que hayan introducido sus doctrinas en sus hechos, los que nunca puedan sorprender haciendo algo que hayan ordenado evitar! Y al contrario: huyan de los que anhelan aplausos o beneficio. Y como visitantes de los “tiempos futuros” (sonriendo) no se olviden de los que ya no dejan duda, pues ya han concluido sus vidas y obras.

 

P.: ¿Quiere decir algo a los futuros lectores de sus libros y admiradores de su filosofía?

S.: Que no la admiren sino que la vivan y que no se preocupen por voces alabadoras o críticas de los que no sean filósofos.

 

P.: Gracias por la sombra agradable de su villa, el vino sabroso y sobre todo por su atención.

 

Créditos de las imágenes: Alvaro Marques

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