El centro es uno de los cuatro símbolos básicos, junto con el círculo, la cruz y el cuadrado. Es ante todo el principio, lo real y absoluto, el centro de los centros; se podría decir que el mismo Dios, como afirmaba Pascal citando a Hermes Trimegisto: “Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.”
El centro no es concebible como una posición simplemente estática. Es la cuna desde donde parte todo el movimiento y la interrelación que existe para comunicarse lo uno con lo múltiple, lo interior con lo exterior, lo eterno y lo temporal, o sea, todos los procesos de emanación y de divergencia, se vuelven a reunir en el centro -como al principio- buscando siempre el camino de vuelta a la unidad.
Estudiando los símbolos podemos ver también que las imágenes del centro y del eje son muy parecidas y no se distinguen más que desde el punto de vista en que los observemos. Si miramos una columna desde arriba, no veremos más que un gran punto central, pero si la vemos desde el horizonte es la perpendicular de ese punto, es un eje. De ahí que los lugares sagrados buscan siempre la altura para poder ser a la vez centro y eje, siendo también todos ellos un sitio privilegiado para las teofanías.
No hay pueblo que no tenga su monte sagrado al que veneran y consideran como su centro del mundo. Cada comunidad –y se podría decir que cada ser humano– tiene su propio centro, su propio punto de vista desde donde observa el mundo que le rodea, y desde donde actúa en la vida siguiendo su propia necesidad de conocer y de amar.
Otra analogía del centro es la conciencia, nuestro punto de referencia para todo lo que hacemos. La conciencia es nuestro centro, el soporte necesario para evitar la dispersión que proviene de las mil llamadas del mundo circundante. La conciencia es el foco que ilumina nuestra atención y, en este sentido, se asemeja al sol, que dirige a todos los astros que giran a su alrededor. Puede ser que las órbitas dibujen círculos o elipses, que el foco –o los focos– no estén exactamente en el centro geométrico, pero no cabe duda alguna de la importancia del sol como base y fuente de la vida. La fuerza centrífuga es la distracción, la pérdida del centro, y la fuerza centrípeta es la que nos lleva de nuevo al centro; la primera es inconsciente, la segunda es fruto de la disciplina. El centro puede ser, entonces, un foco luminoso que señala por dónde caminar, el maestro paciente y generoso que nos alumbra con sus experiencias.
Cuando todo tiembla a nuestro alrededor, cuando se abren tantas vías por delante que no sabemos hacia dónde dirigirnos y la elección es angustiosa e incierta, lo único que nos cabe es buscar nuestro centro-conciencia para poder actuar con discernimiento y sabiduría.
Créditos de las imágenes: Jesiel Rubio
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